Misterio · Unidad 60 de 196
Unidad 60 · MISTERIO 153
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MISTERIO 153
iiablc rechinaron los cerrojos y entró en el caíaliozo un liombre —mi carcelero. — Era un tuerto, ele fisonomía inmóvil y brutal; llevaba colgada del cuello la linterna y en la mano un plato do ■comida, de esa repugnante bazofia carcelaria con la cual ¡ay de mí! ya me encontraba familiarizado. Mi primer mirada fué para la prisión: no contenía pozo alp^uno: era una reducida tumba, negra y verdosa de humedjid; un poco de paja en un rincón, una sucia manta, un banco, un cántaro; una argolla con una oíidena y sus esposas, fija en la pared en una esquina; lie aquí los muebles. ¡Vulgar decoración de las pHsiones de Estado, que ya ni aun despierta sentimientos de compasión! ^t¡ segunda ojeada se fijó en el carcelero. Su rostro revelaba estúpida indiferencia; su roja barba, al reflejo de la linterna, parecía rodearle la cara de una aureola de sangre. Me mandó comer por señas; obedecí. Mi temor— no hay mal que no ])ueda ser má. grande— era que me echase la cadena á los pufios ó al tobillos ^JTolo hizo. Sin duda, viéndome joven, resignado y obediente, no apeló á aquel recurso, destinado á amansar á los presos que sufren accesos de furor y pueden hasta atentar á la vida de sus guardianes.
Extenuado, agotadas mis fuerzas, disipado el recelo de caerme al pozo, me echó en el rincón y me dormí profundamente. La naturaleza tiene de estos supremos consuelos: c/)ncede el sueño al miserable sobre su paja podrida como al rey sobre sus s«ábanas de holán. Mi esperanza era el amanecer; juzgaba imposible que me hubiesen metido en un calabozo enteramente sin luz, y soñaba verla entrar por algún tragaluz ó ventanillo: con esto
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sólo me contentaba. ¡Un rayo de luz... y disuelfa en el la santa resignación f
Al despertar y encontrarme cercado de la misma sombra creí haber dormido un día. entero. El carcelero volvió con su linterna, siempre silencioso: en vez de traerme el mal rancho que mi hambre anhelaba, dejó sobre el banco un pan redondo, un cántaro lleno de agua, llevóse el vacío y retiróse. Empecé el pan, bebí un sorbo de agua y me dormí otra vez amodorrado. Creo que me despertó la debilidad; me levanté, y á tientas mo dirigí al banco. Con asombro noté que el pan había desaparecido.
Es imposible que yo diga lo que sentí. Fué una mezcla dé asombro y horror frío, un erizamiento del pelo, un estremecimiento déla carne toda. ¿Quién estaba allí, quién me acompañaba en mi tumba? ¿Cómo el pan, traído por el carcelero, del cual sólo había yo coi^tado un mendrugo, podía haber sido arrebatado durante mi sueño? ¿Compartía alguien mi prisión? Después he comprendido todo lo absurdo de esta lüpótesis, pero en aquel instante mi debilitado cerebro no la repugnaba. Me parecía que el alguien era un ser sin cuerpo, maligno y fantástico como los duendes. El terror y también el hambre me tuvieron, no sólo despierto, sino en estado de singular excitación, hasta que otra vez se presentó el carcelero con su característico chirrido de llaves y cerrojos, siniestro y no obstante consolador para el infeliz que se halla recluido en el fondo de una cámara sepulcral. Me traía pan y agua, siempre con el mismo extraño silencio.