Misterio · Unidad 7 de 196

Unidad 7 · MISTERIO 21

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MISTERIO 21

texto el deseo de ver por sus ojos á una muchacha tan bonita, y al retirarse la madre de Renato, volviéndose hacia Amelia, como involuntariamente, se inclinó; parecía, á pesar de su aplomo, subyugada y confusa. En la misma calesa que había traído á la señora hizo ésta subir á Eloy Adhemar; apenas llegaron al castillo se encerró con el molinero, durando más de dos horas la encerrona. Al salir Adhemar de la habitación iba trastornado, trojjezando en las paredes, y la duquesa apretaba los dientes y daba vueltas en el gabinete como una leona en su jaula.

Aquella tarde se dispusieron dos viajes: Adhemar salió del molino con Amelia para acompañarla hasta Calais; la duquesa, desplegando toda su fuerza moral y su autoridad materna, se llevó á su hijo á París.

¡Qué nostalgia la de Renato en los primeros días de la separación! Encerrado en sus habitaciones, ni aun á los amigos (|ue siempre le acompañaban quería recibir. Su aspiración era marcharse á Londres jiara reunii*se con Amelia; pero ignoraba todavía sus señas, y comprendía lo difícil que es descubrir en la jíopulosa capital británica á una persona no conociendo su domicilio. Al fin una carta de Amelia, recibida por conducto de Eloy Adhemar, le enteró de lo que saber necesitaba. Quiso ix)nerse en camino inmediatamente y se lo impidió una lenta fiebre que le tuvo postrado tres meses entre cama y convalecencia . No quiso decírselo á Amelia por no alarmarla; escribió breves epístolas, mensajeras de una fe inquebrantable. Recobrada ya la salud, renovada la pasión con la sangre que se agolpaba á las venas impetuosa y juvenil, decidió proceder abiertamente, anunciar á

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8U madre sus propósitos, la persistencia del cariño que le impulsaba á tomar á Amelia por compañera de su vida. Y entonces, como una bomba que estallase á su lado y le dejase en el suelo hecho trizas é inerte, retumbaron las fatídicas palabras de la duquesa:

— Siempre sería una locura en el marqués de Brezé dar su nombre á la hija de un oficial mecánico, de un vagabundo que no tiene abolengo conocido, que ni siquiera podría probar limpieza de sangre y que ha rodado aventurero por Europa, mantenido, en sus primeros años, á expensas de una mujer de edad madura, á la cual no sabemos qué lazos le unían. Sabía yo bien estos antecedentes, pobre hijo mío, y hazte cargo de si constituirían un torcedor para mí. Con todo, la dignidad y la moralidad pueden existir en la clase más baja, y me consolaba suponiendo que esa... ¡gente! las poseyese. Sin embargo, como los que no estamos locos de amor debemos enterarnos bien, he escrito, he indagado, para enterarme aún mejor. Al decirte que conozco la verdad, añado que poseo los documentos que la establecen... Ya ves que no era obstinación caprichosa la mía. El padre de tu ídolo, ese Dorff, que según indicios debe de ser de estirpe judía, tiene un pasado mancilladísimo por delitos feos y no leves. Aquí te presento el atestado del burgomaestre de Spandau, las cartas é informaciones de las autoridades pnisianas, un protocolo entero. Es un incendiario: pegó fuego al teatro del pueblo. Es un monedero falso: se le cogió con las manos en la masa, arrojando un saco de escudos de plomo al Spróe para desembarazarse del cuerpo del delito. Phrgó su