Misterio · Unidad 61 de 196

Unidad 61 · MISTERIO 155

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MISTERIO 155

Le pregunté si sabía quién se había llevado mi pan. No obtuve respuesta alguna. Devoré la mitad del pan, bebí el agua y me echó otra vez sobre la paja fétida. ¿Qué hacer en las tinieblas? Mi único anhelo era dormir, dormir sin interrupción, huir de mí mismo en la transitoria muerte del sueño.

Por desgracia no se duerme siempre. Al abrir los ojos sentí de nuevo las torturas del hambre. Busqué mi pan: tampoco estaba allí. Renováronse las sensaciones de espanto. Ruidos singulares, inexplicables, se producían á mi alrededor. Entonces resolví averiguar — no lo sosi^echaba todavía— (^uién me robaba el sustento. Así que tuve pan lo escondí entre la paja y me acosté encima, fingiéndome dormido. Apenas simulé la quietud y la respiración igual, volví á escuchar los ruidos: eran carreritas menudas, chillidos agudísimos, la agitación turbulenta do una hueste de gnomos entre la sombra. De pronto, un ouerix> peludo pasó sobre mi cara; alargué instintivamente la mano para defenderme, y lancé un grito: dos dientes acababan de atarazar mi dedo de parte á parte.

Frío sudor mojó mis sienes. Mis ojos se dilataron. ;Ya comprendía... tiempo era!... Ningún ser invisible, ningún brujo me arrebataba el alimento, no; era un ejército de inmundas y feroces ratas el que me acompañaba en mi mausoleo.

Teresa, entre las reminiscencias de la niñez, que deben de estar presentes en tu memoria, acíiso se cuente la repulsión que nos infundía el solo nombre de estos asíiuorosos animalejos. Jamás se nos acercó ninguno; en el mismo torreón que sirvi<'> de prisión á nuestros padres, ¿te acuerdas de cómo te asustaste.

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qué gritos diste |)orq\io saltó á los pies de nuestra madre un ratoncillo? Era aquól un inofensivo bichejo que huía asustado de nosotros.

Ahora yo, en un espacio de doce pies, sin luz, tenía que sufrir el contacto y las mordeduras de cientos de enormes ratas. Las sentía trepar j)or mi cuerpo, compartir mi lecho, •deslizarse bajo mi cabeza rebuscando el pan, mi única comida; percibía en las mojiUas, marci\das aún por el cruel suplicio de las agujas, el ro(ic frío do su cola, parecida á la de un reptil, ó el asqueroso calor de su piel esposa; oía sus gruñidos de satisfacción al zamparse las migajas de mi alimento y sus agrios chillidos al disputárselas, y de vez en cuando, en me^lio del sueño febril á que so rendía mi exhausto organismo, los dientes menudos y penetrantes me desvelaban, hincándose en mis pies ó agarrándose á mis orejas, anunciándome que corría el peligro do morir devorado...

Créelo ó no lo creas, hasta aquel instante, aun en medio do los dolores do mi primer cautividad, no había llegado más que á desear ardientemente morir; pero ante la .nueva espantosa situación pensé en otra co.sa: pensó en que podría yo mismo... jDios miseriííordioso, perdóname! No poseía allí en mi poder ni un cudiillo, ni un trozo de vidrio aguzado siquiera, para abrirme las venas ó seccionarme el cuello, pero tenía la cadena sujeta á la pared. Hodeándoniela á la garganta, dando vueltas sobre mí mismo... loco, furioso de terror y de repugnancia, intenté realizar el crimen. No lo conseguí. La cadena me lastimaba, pem no llegaba á asfixiarme.