Misterio · Unidad 62 de 196

Unidad 62 · AIISTEKIO

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AIISTEKIO

Gimiendo, espumando, caí al suelo, y un río de lágrimas brotó de mis ojo^. Una voz parecida á la de mi madre, á la tuya, á la de María, resonó en mis oídos — voz sin cuerpo, voz de mi fantasía exaltada. — La voz munnuraba:

— ¡Valor! ¡Paciencia! ^

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¡Paciencia! Debía la voz añadir: «Expiación». Sí, Teresa; yo expiaba... Pero ¡oh insondable Providencia! ¿Por qué fui 2/0, yo precisamente, el designado para expiar? ¿Quién guió tu mano, oh arcángel vengador, cuando la apoyaste sobre mi cuna abrasándola como el rayo? Tú habrás oído decir, Teresa , que sufrimos mucho, que fuimos mártires. ¡Mártires! No; víctimas rescatadoras. No bastó el suplicio cruel de nuestros padres: era poco — perdóname si blasfemo. — Padecieron, murieron; pero al cabo habían reinado, habían vivido, habían conocido los goces

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^¿ue son la sal y el sabor gustoso de la existencia. Yo, Teresa, yo, ¿qué hice, qué disfruté, cuándo ni cómo delinquí? Esto confunde la razón. ¿Qué inmensas iniquidades fueron las quo pagué con mi inconcebible martirio?

En la obscuridad de mi tumba, mientras esperaba el pedazo de pan duro y el cántaro — sostén de mis fuerzas ya exhaustas — ;qué mundo moral se me reveló, Teresa! La historia me abrió un libro de bronce, y en él vi patentes las leyes de esa compensación total que demuestra la acción reparadora de una justicia tremenda. ¡Sábelo: ante la mirada del Eterno, no son reos solamente aquellos á quienes sentencian los jueces, á quienes el Código prende en sus mallas; lo son en mayor grado, i)orque gozan inmunidad y se apoderan libremente del fruto del crimen, los grandes de la tierra, los que hacen padecer á sus semejantes opresión, humillación, despojo, obligándoles á dudar de esa misma justicia que debiera regir los actos humanos!

En aquel úi pace donde yo sentía que mi alma se anegaba en •desesperación insensata, en aquel agujero negro, ¿fui acaso el primer ciautivo? ¿No me habían precedido otros, hombres igualmente, hombres nacidos de mujer? ¿Xo respiraba yo en el aire el vapor de sus lentas lagrimas? Y aquella prisión de Estado, ¿era la tínica? ¿No existían otras innumerables en mi patria, fuera de ella, donde muertos vivos se consumían en ataúdes que ni aun garantizaban la paz y el reposo del más allá, la calma do la muerte en fin? Pagando la deuda de mis antecesores, yo me retorcía en un infierno que era invención y obra de los de mi raza. Había llegado la hora del vencimiento. Dios presentaba