Misterio · Unidad 63 de 196
Unidad 63 · lOU MISTERIO
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las cuentas atrasadas y quería cobrarse, cobrarse en mí... ;Aht No sólo en mí... Voy á referirte un episodio extraño, que parece dispuesto por un hábil dramaturgo.
SogCín corrían iguales, sombríos, los días y las noches de mi. cautiverio, mis sentidos— el hombre es animal de costumbre — iban adaptándose á las condiciones de aquella mazmorra subterránea, cuyos muros formaban parte del es(íari)e del toso. Ue día, por las grietas de las i)iedras donde faltaba el cemento, discernían ya mis ojos claridad vaga y confusa: primero conseguí ver mis manos, y no sabré decir qué júbilo me entró ante aquel i)oco de blancura después de tan impenetrable sombra. Dilatada ya mi pupila como la de las aves nocturnas fui poco á ¡xíco naciendo^ riéndome^ distinguiendo mi euerix) — divisando la luz cual filtrada á través de una botella de agua sucia. — A compás déla vista se adaptó el oído, y cruzando el sudario de jjiedra en que me envolvían las graníticas murallas, oía yo á gran distancia los pasos del carcelero, el tilinteo de sus Ha ves, el aleiia de los centinelas, y como lejano trueno, el redoble del tambor, los' pasos de la patrulla. Ahora bien; una noche primaveral— hallándome desvelado, á las altas horas en (^ue ya el tambor calla y en que sólo los centinelas ocupan su puesto y se llaman y responden— escuché distintamente á la parte exterior, opuesta á la puerta, en el foso, voces de hombres, y luego, azadonazos. Una voz dijo: «Más hondo y más ancho, que si no no va á caber el cuerpo». Los azadones prosiguieron su tarea. Mi sangre dio un vuelco... Era evidente que cavaban una fosa. Apliqué el oído á la pared, escuché con ansia, con angustia. Los pasos del
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pelotón, acompasados, se dejaron sentir; sobre el suelo cayeron las culatas de los fusiles. ;Se trataba de una ejecución!
Estaban allí, enteramente contra el grueso muro que me aislaba de los vivientes sin impedir que llegasen hasta mí los mides de la vida. ¿De la vida? En esta ocasión, lo que escuché fué la lectura de una sentencia capital... La voz ronca j dura que la leía, con cierta timidez avergonzada, resonaba ñinebre y solemne... El nombre del sentenciado me hizo creer á mí si estaría siendo juguete de pesadilla infernal: «Luis Antonio Enrique de Borbón Conde»... Era nuestra sangre la que iba á salpicar aquellos muros construidos por nuestros abuelos... Otra voz sonó entera y dulce. Era el reo el que hablaba por última vez. Suplicaba a un oficial entregándole algo. «Para la princesa de Rohan»... Después he sabido que era pelo, una sortija, una carta... El oficial dijo: «No será fácil acertar para apuntar... Colgadle del cuello esa linterna». Siguió un minuto eterno, cruel... y después... la formación del pelotón, las espaciadas voces de mando, el pavoroso eco de las descargas cuyas balas vinieron á rebotar contra el muro, casi contra mi oído; el ruido sordo y mate de la caída de un cuerpo; luego pasos, órdenes, exclamaciones, juramentos, comentarios ahogados; después, los azadones resonaron de nuevo en la abierta fosa; oí cómo depositaban el cadáver, cómo le echaban encima paletadas y paletadas de tierra. Apisonaron; el pelotón se alejó. Haciéndome eterna compañía, sepultado lo mismo que yo... estaba allí, pared por medio, mi primo el duque de Enghien...
Aquella escena que sin verla reconstruí temblando en todos