Misterio · Unidad 64 de 196
Unidad 64 · 162 MISTERIO
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SUS pormenores me dejó como hundido en un abismo de terror y de locura. A cada instante me despertaba bañado en sudor frío, dando diente con diente, oyendo el estampido do los fusiles, el caer de la tierra sobre la fosa. A esta miseria moral so uni() la miseria física más absoluta. No me daban ropa; pronto la mía se convirtió en asquerosos andrajos. Tiritando, me pasaba las horas envuelto en la agujereada manta de mi cama. A la rabia, al furor, a la desesperación que me impulsaban al suicidio, había reemplazado una especie de embrutecimiento; me convertía en piedra. Mi cabello, que no podía cortar, crecía enrodado en largos bucles; y habiendo entrado imberbe en la prií^ión, tocaba atónito una barba ix)blada que me cubría ahora el rostro. Mis uñas habían crecido tanto que se rompían á pedazos; para evitar el dolor, las roía con los dientes. Así iba desarrollándose, entre aquellas paredes, mi interminable agonía. Cuando pienso en esta época de mi vida — ¿vida puede lia- . marse? — sólo un asombro me queda: el de que se resista unestado semejante sin caer hecho trizas. Los febriles sueños calenturientos, cruzados por visiones horrendas, próximas al delirio; la vigilia con estupor invencible ó accesos frenéticos que on vano quería reprimir; la gradual petriñcación del cerebro (jue se opone á funcionar, porque la razón es un clavo que se hinca en el alma; el ansia de la disolución de mi ser, ansia infinita como mis tormentos, cosas son que se resisten á la pluma. Ignoraba el tiempo transcurrido; ¿cómo contarlo? Había entrado en el primer albor de la juventud, y sentía que estaba gastando allí la flor de la edad, los días que para todo sor humano deben
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iener algo de sonrientes y venturosos. Acordábame de María, y llamándola con sollozos la pedía que me llevase á su lado, sacándome de aquel horrible agujero negro—taX es, en la historia del dolor humano, el nombre espantoso de mi mazmorra. — Y entre estos sentimientos sobresalía uno extrañísimo, que no acertaba á desterrar: la envidia, una envidia tenaz é invencible t][ue me inspiraba el fusilado. El dormía tranquilo, á mis pies, bajo la tierra del glacis. ¡Dichosa suerte!
A fuerza de pensar en 61, en aquel pariente á quien no conocía, 6 mejor dicho no recordaba, pues acaso le hubiese visto <s\\ mi niñez; á fuerza de sentir y volver á sentir la impresión <lc su tragedia, los pormenores de sus últimos instantes, el eco <lc su voz sonora y tranquila momentos antes de caer traspasado iM>r las balas; á fuerza de meditar en su último novelesco enoargo: «Para la princesa de Rohan» — aquel encargo que hablaba de amor y de felicidades infinitas que á mí me vedaba el aciago destino — caí en el desvarío más extraño, pero que teniendo en cuenta todo lo (pie me había sucedido se explica. Di ^n creer que el fusilado era yo; que me había despei'tado en el otro mundo, y que estaba purgando mis culpas y las de los míos en un purgatx)rio especial, construido solo para mí. En mi oabeza y en mi peclio creía percibir los agujeros de las balas; en mi cuerpo, la frialdad de la muerte: «Compasión, Señor», repetía, pidiendo salir del lugar en que se cumplía mi condena. «Ya me lian ñisilado. Ya he muerto. ¿No es bastante? ¿Para qué más?»
Así, cuando el tuerto entraba con el pan y el cántaro, empecé á decirle que su labor era inútil; que á los fusilados, álos
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difuntos no se les trae comida; y al aferrarme á esta idea comprendí que no debía comer, j rehusé todo alimento: acurrucado en la paja, dejábame morir poco á poco. Tres días llevaba así cuando sentí descorrerse á hora desacostumbrada, un rata después de haberme traído el pan, los cerrojos, y el tuerto entró á prisa, balanceando la linterna, locuaz por pnmera vez acaso. «Arriba» me dijo rompiendo su silencio habitual y despreciativo «y fuera de aquí» . En vez de saltar, de lanzarme en su seguimiento por la escalera, me quedé inmóvil: no concebía que á mí se dirigiese el mandato. ¿No era yo un cadáver? Tuvo que sacudirme el carcelero, levantarme á viva fuerza, y ayudarme por bajo el sobaco para subir la escalera. Entonces conocí que vivía, pero supuse que iban á fusilarme al fin, y sentí una paz profunda, un bienestar inmenso, algo que se derramaba como una onda de consuelo por todo mi ser. Arrastrándome crucé pasillos, subí un sinnúmero de escaleras, y á cada instante me hubiese caído si no me sostiene rudamente aquel hombre. La claridad me cegaba, el aire me sofocaba y aturdía como un licor fuerte, y cuando el carcelero abrió una puerta y me dijo; aquí» , caí redondo, presa de un síncope.
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Volví en mi acuerdo rociado con agua y vinagre, y me encontré en una cama no muy mullida, pero cama verdadera; un grupo de dos 6 tres personas la rodeaba.
El carcelero tuerto me presentaba una taza de caldo caliente, que me hizo beber; sus modales ya eran distintos: me trataba con consideración. Cerré los ojos y sentí que alguien alzaba la manta que me cubría y registraba mi cuer[)0 denudo bajo los andrajos inmundos, contaminados, mi única vestidura. Después supe que buscaban la curiosa señal que llevo en el muslo... bien sabes, Teresa, aquella que en mi niñez se llamaba el si{fno del EspirHu Santo. Una voz, cuyo acento no olvidaré nunca, exclamó: