Misterio · Unidad 70 de 196
Unidad 70 · MISTERIO 179
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MISTERIO 179
rodeaban parecíanme colosos, mis dedos se me antojaban largos como troncos de pinos y mis piernas pesadas y enormes cual toneles. Las dimensiones del hospital se me figuraban infinitas, sin límites; acercarme á una de sus paredes, empresa superior á las humanas fuerzas.
Te, confieso. Teresa, que al llegar aquí se me renueva una impresión ya muchas veces sentida: la de que mis infortunios son tan continuos, se eslabonan de tal manera, que se hacen monótonos é insufribles; que te costará trabajo leerlos y se fatigará tu espíritu como se fatiga el mío, con inmensa fatiga, al recordarlos. Mi destino carece de ese claro oscuro que hace interesante el relato de una vida humana; experimento la necesidad (como la experimentarás tú) de abreviar y condensar mi historia, encerrando en dos palabras parte de ella y evitando la morosa delectación de enseñar mis llagas. En mi ría crucis no ha faltado ni una sola estación dolorosa.
Resumiendo, pues, te diré que en un carro lleno de paja fui trasladado á la fortaleza de Wessel, donde nos hacinaron á los prisioneros de guerra de las tropas del duque de Brunswick y del cuerpo de ejército de Schill, para someternos á una suerte indigna y contraria al derecho de gentes: para enviarnos al presidio de Tolón. En vano alegué que yo era francés, que se me llevaba preso, que no formaba parte del ejército prusiano: no se oyeron mis reclamaciones, ni casi había á quien dirigirlas, ni aun cuando hubiese existido allí una persona que me escuchase érame posible ponerla en antecedentes que acaso hubiesen empeorado mi suerte, al saberse que era yo un reo
ISO MISTERIO
de Estado escapado de Yincennes. Sin embargo, prefería hasta ser reintegrado en el agujero negro antes que soportar la ignominia del presidio. Coino no tenía la facultad de elegir, me resigné á cuanto la voluntad divina, no colmada aún la copa de su ira, quisiese disponer. Las circunstancias de mi vida, obligándome á largo silencio en que no empleé mi lengua pj^tria y familiarizándome con la alemana, quitaban verosimilitud á nii afirmación de ser francés. No hubo pues, recurso, y mis manos, las mías, ¿lo entiendes, Teresa? se ofrecieron al grillete del forzado»...
Eenato, interrumpiendo la lectura, dejó caer la cabeza sobre el pecho. Después de unos instantes de penosa meditación, prosiguió leyendo:
«De prisión en prisión volví á cruzar la tierra francesa. No tenía un céntimo; mis pies sangraban. Más que las miserias físicas me hacía sufrir el recuerdo del leal amigo sacrificado, el tínico que yo tenía en el mundo. jAh! ¡Por qué no me abandonó á mi destino I Insensible ya á la existencia, á las privaciones, á la vergüenza misma, rodaba como la piedra, como la hoja que arrebata el viento, Al cruzar pueblos y ciudades, Ip, muchedumbre nos injuriaba; atroces maldiciones resonaban á •nuestro alrededor. La naturaleza se rindió; se vio claramente que yo no podía continuar la ruta. La escolta no tuvo otro remedio sino abandonarme desmayado en una aldeíta del camino. Una buena mujer me socorrió con leche. De allí me llevaron al hospital de la ciudad próxima. Un compañero de infortunios, húsar de la escolta de Schill, á quien llamaban Fritz, me invitó á