Misterio · Unidad 8 de 196
Unidad 8 · KISTERIO 23
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KISTERIO 23
culpa en el oorreocional de Alstadt, donde cumplió la condena impuesta por los tribunales. . . Ya estás al cabo. Si es ese el blasón que quieres reunir al tuyo, limpio y glorioso desde la cruzada de San Luis en la historia de la patria. . . eres libre, Renato; yo no puedo encadenarte, ¡que si pudiera lo haría! Mi deber queda cumplido; ya no alegarás ignorancia. Adiós, hijo mío; pronto sabré si el heredero de Roussillón vive ó debemos vestir luto por él. Este discurso era el que, muy suavizado en la forma aunque idéntico en la esencia, había repetido Renato á Amelia hacía pocos momentos. Y ahora, al reflexionar, á la luz de las estrellas, en su destino, Renato comprendía dos cosas: la primera, que entre Amelia y él se había abierto un abismo; la niña, en su orgullo, no le perdonaría nunca; y la segunda, que él no podía vivir sin Amelia, y que el mismo honor caballeresco, el culto sagrado de los antepasados, de los muertos ilustres, la adoración del Santo Grial — donde se encierra la sangre pura y redentora — era impotente contra aquel amor insensato.
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Al convencerse de (jue le subyugaba un sentimiento reprobado por su conciencia, al sentirse tan débil y tan incapaz de resistir, Renato miró instintivamente al río, cuya corriente oscura habrá ocultado más de una desdicha suprema y sin remedio humano. Un vértigo le deslumhró; un frío sutil serpeó por su medida. El Támesis le atraía y fascinaba.
En tales situaciones, la circunstancia más insignificante basta para romper el círculo de bnijería. El marqués de Brezé se detuvo sorprendido al notar que dos hombres, salidos de una calleja
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fétida y miserable, conversaban en francés. En el extranjera siempre prestamos oído cnando resuena el idioma natal. Este instinto se aguza si en el diálogo aparece un nombre conocido: Kenato creyó soñar al oir dos veces, distintamente, el del padre (le Amelia. Entonces, apagando el ruido de las pisadas y buscando la sombra de los edificios y de los barcos anclados en el río, púsose á seguir á los desconocidos á distancia prudente.
Aunque no lograba sorprender el asunto de la conversación, estudiaba los tipos, asaz sospechosos. El uno, rasurado, de corta estatura, pero membrudo y recio; el otro, bien barbado, alto^ huesoso, sepultado en luengo capoten, con sombrero que le tapaba la parte superior de la cara. Ambos iban poco á poco, haciendo tiempo, y de rato en rato miraban alrededor cautelosamente. En una de estas ojeadas hubieron de columbrar á Brezé. y se dieron al codo; la traza elegante del marqués era extraña en aquel lugar y á tales horas, cuando sólo discurrían por allí marineros ebrios y meretrices de ronca voz y ademanes impúdicos. Callaron los sujetos, y diez minutos después, como movidos por un resorte, torcieron rápidamente á la derecha y so engolfaron en el laberinto de callejuelas torcidas, mal olientes y peor alumbradas. Encontróse el marqués desorientado al pi'onto, pero tenía piernas y olfato de cazador y siguió el rastro de sus compatriotas. ¿Por qué tal espionaje? Apurado se vería, caso de que se lo preguntasen. Aquello caía ix)r fuera del raciocinio.
Adivinando más que acertando la dirección de los dos individuos apretó el paso y no tardó en divisar, bajo el farol ama-
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rillento de una tabemucha, las siluetas de ambos. Violes entrar en el sucio recinto, pedir unas copas de gin j atizárselas al cuerpo como si fuesen genuinos ciudadanos de Londres . Emboscado aguardó la salida, y ya prevenido, les siguió de lejos acechando. Después de media hora de recorrer calles menos angostas, más claras y donde ya rodaban algunos cabs y se encontraban transeúntes, hicieron otra vez una ese caprichosa, descendieron en el sentido del río y desembocaron en aquella misma plaza donde se encuentra la casa del reducido jardín, cuya verja trasera había presenciado el coloquio de Amelia y Renato.
El corazón del marqués golpeó contra su pecho al notar esta coincidencia, y más aún al avizorar desde lejos que los equívocos individuos se emboscaban detrás de los árboles centenarios del squay-e^ al amparo del rugoso tronco. Relacionando el nombi-e oído en el diálogo de los malhechores, que ya por tales les tenía, y el sitio adonde habían venido á detenerse, tuvo la percepción consciente de que iba á suceder algo que á Amelia le importaba, algo en que él intervendría, conducido por la suerte ó la fatalidad, A su vez, se agazapó en la zona de sombra proyectada por la vegetación del jardinillo; su abrigo gris contribuía á ocultarle; era del mismo tono que los muros.
Así transcurrió algún tiempo, imposible de calcular. La plaza permanecía solitaria, la noche era á cada paso más tenebrosa. Sólo rasgaba el velo pálido del silencio el son pausado de algún reloj de iglesia y el paso impaciente de algún trabajador (jue • regresaba á su hogar, cumplida la faena del día. Acabal)a el