Misterio · Unidad 71 de 196
Unidad 71 · MISTERIO 181
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que desertásemos juntos. Así que recobré fuerzas aprovechamos una noche tormentosa y huimos rompiendo vidrios, saltando al foso y dislocándome yo un pie. El buen Fritz me llexA á hombros hasta que nos vimos en salvo, ocultándonos en un campo de trigo, ensopados en agua hasta el cuello. Diez horas pasamos así, echados en el fango. Nuestro aspecto no era de hombres: parecíamos dos alimañas inmundas. Y atiende á esto! revelación, Teresa, tú que restituida por la suerte á las mas altas esferas de la sociedad y de la vida no coiicibes que los miserables tienen á veces necesidades, horribles, imperiosas como la fatalidad: aquel día, careciendo de todo recurso^ atena^ ceado por el hambre, tu hermano hizo eso que llamáis robar: entró en un cercado ajeno y se apoderó de los frutos de los árboles, devorándolos. ;Ah! ¡Si alguna vez por caso imposible llegase yo á sentarme donde la usurpación se sienta^ cuan distinto había de ser mi concepto de los hombros y las cosas! ¡Cuan diversa mi concepción moral del mundo!
No teníamos pasaporte. Caminábamos de noche, ocultandonos. ¡Pedíamos — presta oído, Teresa, en las regias estancias donde arrastras tu ropaje de seda, y desde cuyais ventanas miras como desde un Olimpo á la Humanidad, — pedíamos limosna; la mendicidad y el robo son dos medios de vivir que guardan tales afinidades! Pedíamos limosna, implorando, gimiendo; asi he vivido más de un mes , recibiendo en una cabana pan negro y tocino, á la puerta de lin castillo una escudilla de sopa, aquí una moneda, allí la mordedura de un perro que nos azuzaban para ahuyentarnos. Huyendo del nuevo i^eli-r
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gro de ser cogidos y arcabuceados por desertores, buscábamos otra vez la frontera de Alemania. La alcanzamos por ñn, y mi compañero, dejándome en prenda su saco, se echó solo á buscar, como él decía, la vivienda: gallinas, frutas, quesos... Era aquel merodeador una especie de filósofo comunista, y de su boca escuché teorías muy originales y curiosas aplicadas, no á nuestra suerte actual, sino á la de todos los hombres. «Hacemos muy en pequeñito — me repetía, — y por necesidad estricta, lo que los reyes, conquistadores y poderosos de la tierra hacen muy en grande y sin necesidad ninguna. Somos, no solamente unos infelices dignos de piedad, sino unos santos, merecedores de recompensa» .
A veces dormíamos en el hueco de los árboles, á yeces en el cobertizo de los leñadores. Así atravesamos la tierra de Westfália. Un día, habiéndose Fritz separado de mí, segftu costumbre, para mejor oculta,rse, fué preso por los célebres mbaUeros de la cuerda; nueva especie de guardia ó gendarmería que llamaban en alemán strickreiter. Un viejo aldeano, al darme la noticia, ofrecióme asilo en memoria de su hijo que se encontraba en el ejército sufriendo tal vez penalidades no menores que las nuestras. A tanto llegó su caridad, la caridad ilimitada del pobre, que después de tenerme en su casa varios días para que me repusiera un poco, al despedirme con buenos consejos me entregó unas monedas de plata, amén de pan y salchichas. Volví á lanzarme al mundo sin compañero; llegué á Sajonia, donde ya no eran temibles los strwhfeiter, y empecé á pensar qué haría de mí. No teniendo donde reposar la cabeza, ni