Misterio · Unidad 72 de 196
Unidad 72 · MISTERIO 183
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MISTERIO 183
recurso alguno; careciendo de estado civil, perseguido en mi patria, expulsado de ella, rechazado de la vida, resolví lo único que podía resolver: sentar plaza, en el ejercito prusiano. Era el do una nación en guerra con Francia... ¿pero acaso tenía patria yo? Con este propósito dirigíme á Berlín.
Conservaba la mochila de Fritz, depósito del pobre vagabundo. Creí que sólo contenía trapos; pero habic'jndola registrado descubrí en ella, bajo los andrajos, cosidos en el forro, mil seiscientos francos en oro, una fortuna. Al mismo tiempo que hice esto descubrimiento encontró otro amigo improvisado. Le conocí en la diligencia que se dirigía á Wittenl)erg; intimamos pronto; se me figuraba haberle visto ya. Al llegar á Treinpretzen , donde debíamos pasar la frontera propiamente dicha del reino de Prusia, comprendió mis apuros y me facilitó su luopio pasaporte. — Yo no lo necesito — declaró. — A mi no me exigen esa formalidad. — Tenía empaque de hombre acomodado, y á más inteligente; me acompañó en silla de posta hasta Potsdam, y de allí continuamos á Berlín. No sé por qué me parecía que estaba disfrazado, y que era más joven de lo que a primera vista representaba. Desde Wittenberg era imposible reconocer en mí al desertor y al mendigo: vestido decorosamente, limpio, hasta elegante, mis pocos años brillaban en toda su frescura. Y cuando en compañía de mi protector pasé la barrera y entré en la capital de Prusia, cuando vi su magnífica avenida de tilos, 8US palacios, sus plazas, sus estatuas, el movimiento de tranftountes y coches en sus princií)ales calles, sentí un minuto de <'íxta8Í8, de enajenación profunda; mi cabeza dio vueltas, mi
organismo se estremeció... ¡Estaba libre; ci-eía no tener enemi-j gos allí; iba á vivir, á gustar por vez primera el néctar de la existencia, para mí desconocido!
El nombre escrito en el pasaporte que conservaba como oro en paño, este nombre que he llevado y llevo como se lleva ima túnica de i)lomo cerrada hasta el cuello... era el de Guillermo Dorff».
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Y continuaba el relato:
«Uno de los hondos arcanos de mi destino es el que se relaciona con la personalidad de aquel Dorff, en cuya piel entré sin casi advertirlo, y que á pesar de vernlé tan derrotado, tan miserable de aspecto, tan sospechoso; hallándome indocumentado y no pudiendo — al menos así lo creí— suponer quién era yo ni remotamente, me facilitó sitio y lado en su coche, me hizo advertencias, me dio consejos y llegó al extremo de entregarme SQ propio pasaporte... como si él nó lo necesitase, allí donde