Misterio · Unidad 73 de 196

Unidad 73 · 18G MISTERIO

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tanto vigilaba la policía. ¿Qué nuevo misterio encierra este episodio de mi azarosa existencia? Mi homónimo parecía hombre de experiencia y muy ducho; representaba unos cuarenta y pico de años, y sólo dijo de sí llamarse Guillermo Dorff y ser natural de Weimar. ¿Ocultábase bajo apariencias corteses y humanitarias un polizonte? ¿Me seguía la pista, pronto á influir en mí para imponerme un estado civil que me sujetase como una cadena? Si ningíin interés le movía, ¿se explica que se despojase de su pasaporte en favor de un desconocido? ¿A qué atribuir la lenidad de la policía permitiendo que el pasaporte de un hombre calvo y de cuarenta años sirviese para mí que tenía veinticinco y el cabello abundante, ensortijado y rubio? ¿Cómo es que, cuando más adelante traté de descubrir en Weimar á mi bienhechor, no sólo no encontré rastro de él sino que mo dijeron que de ningún sujeto de ese apellido constaba que existiese en la ciudad ni en el registro de las parroquias?

Todo esto lo vi después, fui reflexionando acerca de ello poco á poco; pues entonces, en pos de tantos y tan horribles males, lo único que me dominaba era la embriaguez de verme suelto, dueño de mis acciones por primera vez en la vida. ¡Ahí ¡si hubiese estado en mi mano correr el velo del porvenir, si i)resintiese mi suerte futura, qué impulsos de morir me acometerían! Pero el velo tupido y dorado de la ilusión, el velo de Maya, envolvía mis ojos, y unos cuantos días — Teresa, asómbrate — viví y fui felix.

Unos cuantos días, repito, porque mis recursos se agotaban y urgía buscar una solución. La policía vino al Hotel del Águila

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Negra, donde me alojaba, á enterarse de mis propósitos y si contaba detenerme más tiempo en Berlín. Alegué mi pasaporte entregado á la autoridad cuando entré en la capital; así reconocí aquel documento y acepté la personalidad ajena que había venido á ingerirse en la mía. No me era dado hacer otra cosa; el destino me arrastraba. La policía se conformó, y me entregaron una cédula autorizando mi residencia en Prusia. Quise entonces poner por obra mi resolución de sentar plaza. Pero cuando me dirigí al comandante del regimiento que había elegido, encontré la repulsa más fría: «'Su Majestad el Rey de Prusia — me contestaron— no admite en las filas extranjeros» . Humillado y desalentado, en el trance de no tener para subsistir, recordé mis únicos estudios y me establecí de relojero. Ahí tienes las señas de mi relojería, Teresa: Sckiiizefistrasse, 52, No me faltaron parroquianos; pude aleteiir. Pero el corregidor de Berlín, á pretexto de no haberme autorizado, me llamó a su presencia; me dirigió mil preguntas, en un interrogatorio do criminal; averiguó si pensaba establecerme en Berlín y por cuánto tiempo, y me exigió mi partida de bautismo y un certificado de buena conducta de la última residencia. Era gravísimo apuro: ninguno de esos documentos poseía. La vida en las ciudades tiene sus luchas y sus conflictos, diferentes de los que había conocido en la errante y vagabunda. Se parecen en que. para quien se halla en mi situación, las reglas morales y las preocupaciones de corrección y dignidad que rigen la conducta do los seres que se encuentran dentro de la ley son letra muerta, forzosamente, sin que valgan á remediarlo los dictados del honor

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ni los esfuerzos dé la voluntad. Cuando so ve un hombre en las circunstancias en que yo me vi, créelo, Teresa, se olvidan esas leyes convencionales que la inihensa mayoría acata. ;E1 honor! El honor és un lujo para ricos y poderosos; el pobre, así como ha de contentarse con un vestido sucio, roto, grasicnto, que ha estado sobre el cueípo de otra persona, ha de avenirso á mil transacciones en ese capítulo del honor y acomodar su vida al molde de la necesidad, diosa de bronce que nos aplasta. Así, pues — ;oh ilustre princesa, vastago de la rama real tronchada por el huracán! — conviene que sepas como yo, tu hermano, tuve que resignarme — ;qué digo resi/jnarme! — creerme afortunado porque cierta mujer, amiga de aquel Dorff que me había facilitado su pasaporte, á la cual él me había presentado dáhdole nombre de hermana^ y que no lo era, me salvó no sólo poniéndose al frente de mi casa y administrando con orden y desinterés mis escasísimos recursos, sino sugiriéndome la idea de que, para poder vivir al amparo de la ley en Berlín, debía dirigirme al Sr. Le Coq, que era francés y desempeñaba ol puesto de Superintendente general de policía en el reino de Prusia. Así lo hice: escribí á Le Coq; le enteré de todo, de mi origen, de mis luchas, de mis vicisitudes, de cuanto había de terrible y dramático en mi historia. Vino él á verme, me sometió á intencionadas preguntas y me pidió pruebas de mi identidad. Yo poseía dos tesoros, dos grupos de documentos y testimonios que eran mi vida. El uno, acaso el más importante, oculto, nunca sabrás dónde; porque esos documentos son mi última esperanza, mi postrer áncora, y mientras los posea ¡seré yo mismo! El otro,

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cosido por Montmorín en el interior del cuello de una levita raída, mi tínico vestido durante el tiempo de mi vagancia. Presenté éstos, que eran cartas de nuestra madre, el sello de nuestro padre, y el polizonte, asombrado — al menos creí advertirlo— me dijo que el asunto era de suyo tan grave, que él necesitaba recibir instrucciones superiores, consultar despacio con el mismo rey. Al otro día volvió y pidió que le confiase mis documentos para enseñárselos al monarca. Se oprimió mi corazón de miedo; me arrepentí de haber hablado, pero hube de acceder; me desprendí de los papeles, en aquel instante mi única salvaguardia, y sólo conservé un trozo del sello de nuestro padre, cortado en zigzag, que guardé como reliquia. ; Inadvertencia funesta ! Desde que me descubrí, volvió una especie de fatalidad, un poder siniestro y oculto — la policía — á no apartar de mí sus ojos inquisidores. Jamás pude recobrar los documentos; jamás logré ni conjeturar qué opinión formaba de ellos el rey de Pmsia, y, saliendo de la sombra, un dedo de hierro me señaló la ruta; una fuerza incontrastable me empujó robándome toda iniciativa, diciéndome: «de ahí no pasarás»; confinándome, moralmente, en otro agujei'o negro donde me pudriese sin dicha, sin paz, sin honra, sin gloria y hasta sin nombre.

Empezaron por expulsarme de Berlín. «Corre usted peligro aquí» — díjome Le Coq. — «En la capital, los magistrados no pueden cerrar los ojos si usted no produce documentos justificantes en relación con su pasaporte. Establézcase usted en algún pueblecito de las cercanías, pero precisamente ¿lo oye usted? bajo el fiombre de Dorff». ¿Entiendes, Teresa? «Bajo el nombre de