Misterio · Unidad 74 de 196

Unidad 74 · 190 MISTERIO

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Dórff»... Otto calabozo, otro ataúd, otro nombre ajeno, de un desconocido, ¡acaso de nadie! Y para envolverme en el sudario y clavarme en este nuevo féretro todo se me facilitó: se me dio un resguardo, se me entregó un rollo de oro, se me encarg(3 muchísimo que me embozase y arrebujase bien en el prestado nombre, á fin de sustraerme al poder del Corso, cuyo enojo en modo alguno se atrevía á arrostrar el gobierno de Prusia. «Cuando pidan á usted sus papeles diga siempre lo mismo: que han quedado en manos del Superintendente de policía de Berlín, y que á él debe dirigii'se la autoridad municipal» . Con estí\ consigna me trasladé á Spandau, el pueblo de la ceñuda fortaleza cuyos muros lame el Spree. . . Allí retirado esperaba encontrar la paz. ¿Qué menos cuando se renuncia á todo, cuando se abdica?

Al interrogarme el burgomaestre de la pequeña ciudad reí>- pondíle con arreglo á lo que se me había ordenado.

Pobre despojo que apenas respira y solo tiene el instinto animal de ocultarse, yo mismo soldaba la argolla de mi cadena. ¡Si viviese el leal Eugenio no me lo hubiese consentido! La respuesta obró como un talismán: sin otras indagaciones (á pesar de que allí se practicaban bien minuciosas) se me conñrió el derecho de burguesía, se me inscribió con mi nombre postizo en los registros de la villa y bajo la garantía de un sencillo certificado de buena conducta expedido por el Superintendente de policía Le Coq: y así, á espaldas de la ley, realmente indocumentado (pues el derecho de burguesía no puede ser conferido sino después de diez años de residencia y mediante

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presentación de la partida de bautismo), yo, á quien habían matado civilmente al enterrar uh féretro vacío, resucité civilmente convertido en otro, de un modo tan irremisible que á veces se me figura, como ya te habré dicho, que lo demás era sueño y que sólo ha existido, con real existencia, el mecánico Gnillermo Dorff . No se recuerda en Prusia otro caso de derecho de burguesía conferido de orden superior, ¡sin justificantes!

Eché, pues, el ancla en Spandau, creyendo aplacada la toi^ menta. Aquí — pensaba — vegetaré lejos de todo; aquí expiaré en silencio, en las filas del pueblo, trabajando. La voluntad que nos guía y dirige, sin que lo advirtamos, ha decretado que esüi sea mi penitencia: confundido entre los pobres, ganando el pan con mi sudor. Obedezcamos.

Instalé mi modesta tienda de relojero y me dediqué al oficio. Días tranquilos se deslizaron para mí. No sólo había heredado el nombre del supuesto ó efectivo Dorff, de Weimar, sino también el incondicional afecto de aquella mujer á quien él hizo pasar por su hermana y á quien yo, para prevenir curiosidades y habladurías, atribuí el mismo estrecho parentesco. Así vivía, melancólico, resignado, avergonzado, misántropo, sin más aspiraciones que la paz. ;La paz! Europa ardía en guerra. Sin cesar, por aquella plaza fuerte que sólo dista 14 kilómetros de Berlín, pasaban regimientos franceses dirigiéndose á la frontera. Al oir el ruido de sus pasos, el choque de sus armas, un temblor interno me sacudía. Presentía que ya iba declinando el formidable poder del Corso, y entonces... ¡oh. Providencia! ¿quién conoce tus designios? La traidora esperanza, el secreto