Misterio · Unidad 75 de 196

Unidad 75 · Iíi2 MISTERIO

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Iíi2 MISTERIO

anhelo de recobrar mi nombre y mi puesto en el mundo, agitaban otra vez mi espíritu, no obstante la visita que por entonces me hizo I^e Coq, y en la cual volvió á encargarme reiteradamente, bajo amenazas, inviolable secreto. Bien pronto la realidad me llamó con voz dura. Fué la ciudad asediada por los rusos, sosteniéndola un refuerzo de tropas polacas que trajeron el cjontagio de la fiebre amarilla. Debilitado por las privaciones, el azote cayó sobre mí; á mi cabecera se instaló resuelta la l)obre mujer qne me servía de única familia en el mundo. •Mientras yo me consumía de calentura, las bombas devastaban la Tilla abrasándola por los cuatro costados. Milagrosamente se detuvo el fuego en la casa que habitaba. Digo milagrosamente, I)orque ardieron todos los edificios, absolutamente todos, que la circundaban. Cuando después de haber pisado los umbrales de la muerte recobré el conocimiento y me consideré ftiera de peligro; cuando los atemorizados habitantes de Spandau pudieron pensar en reedificar sus casas, de las cuales sólo quedaban calcinados escombros; cuando me reanimaron las noticias de cómo se eclipsaba la estrella del Corso y la ilusión me llevaba á fantasear un porvenir, creciéndome perdonado j)or la implacable fortuna, vinieron á caer sobre mi cabeza como doble golpe de férrea maza de armas dos sucesos: el primero, Teresa, fué la subida al trono do nuestro tío, el usurpador, el hombre de la traición y del fratricidio; el otro... el otro, aun más cruel... ^tu boda con nuestro primo el duque; boda que te acercaba al trono, que te hacía cómplice, interesada y dócil sierva de las voluntakIos de nuestro tío! ;Y sin embargo, ni él ni ttí ignorabais mi

MISTKUIO

evasión, mis desdichas y mi existencia; de todo debíais hallaros informados por mil conductos, por el rumor público, por los papeles sorprendidos en las casas de los revolucionarios franceses, por Barras, por Josefina, i)or Pichegru, por documentos pertenecientes á los papeles secretos del mismo Corso! A ñn de que no pudieseis alegar ignorancia os escribí entonces; á nuestro tío una carta breve, á ti una tierna y fraternal. Un francés que pasaba se encargó de depositarlas en el correo en sitio seguro. Supongo que llegaron á su destino las dos. No podi-ás negarlo en la divina presencia de Dios, á quien de continuo invocas y que te exige como primer señal de respeto la santa verdad.