Misterio · Unidad 76 de 196
Unidad 76 · XaJ^ X^TJX^^XjX. A.
Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.
XaJ^ X^TJX^^XjX. A.
' Ocurrió entonces un suceso que ninguna importancia hubiese tenido para mí si me encontrase en el palacio de nuestros padres, porque la muerte de alguien que es adicto apenas abre surco en la memoria de los poderosos, acostumbrados á cobrar su tributo de abnegaciones como el fisco el de dinero. Y fué que aquella pobre mujer, legado del Dorff auténtico ó ficticio, del enigmático personaje en cuya piel vivía, apenas recobré la salud cayó postrada en el lecho, no sé si rendida por la fatiga ó con-
MISTEKIO 195
iagíada por el insidioso mal. El médico al verla movió la cabeza y frunció el entrecejo, y sólo entonces comprendí que me iiabía apegado á ella, á la degradada, con ese género de cariño que no es amor en lo que este sentimiento tiene de poético y ardoroso, pero que obedece á la ley del alma agradecida y lleva ^n sí elementos (; perdón, madre mía!) de ternura casi filial.
¡Pobre mujer! No era ciertamente una dama, una princesa <3omo tfi; no era tampoco la intachable matrona que cobijada á la sombra de su hogar tranquilo levanta la frente confesando en alta voz sus amores hgítimos, sancionados por la ley y la sociedad. No; en su pasado había días precarios, horas de zozobra y de vergüenza, de abatimiento y de martirio. Como yo había sufrido, y la continuidad del sufrimiento secaba sus lágrimas. El infortunio hizo confluir nuestros destinos, uniendo mi juventud á su madurez; rechazada por todos, ella no tenía á nadie más que á mí, yo á nadie más que á ella. Lo que puedo decir es que su corazón valía más que sus antecedentes; que bajo el fango encontré oro; que supo compadecerme y darme un poco do ese calor de seno sin el cual no concibo la vida.
Cuando expiró en mis brazos, bendieiéndome porque la cuidaba, me encontró en soledad profunda, dominado por tal acceso de melancolía, que ya pesaroso de haberos escrito determiné recogerme á mi oscuridad, ser eternamente el relojerito de Spandau. Vegetar y morir allí me propuse, fatigado como el pájaro que no encuentra nido. Y como me sentía tan solitario, tan abandonado, planta arrancada de raíz, decidí interponer la realidad ante mis aspiraciones ambiciosas, casándome y fundan-
1 90 MISTERIO
<lo un hogar en la modesta esfera á que me relegaba el destino. En casa de unos artesanos no menos humildes que yo solía hablar y bromear con una niña de extraordinaria belleza y de purísimas costumbres: era hacendosa, trabajadora, religiosa, y se consagraba, como la Carlota de Werther, á las labores domésticas; siempre la encontraba ocupada en repasar ropa, en limpiar, en atender á la cocina. Sin embargo, cuando me presentaba yo el trabajo parecía repugnarla: cruzaba las manos, se sentaba y me miraba y escuchaba tímidamente, con una especie de fascinación que excluía la confianza, pero no otro sentimiento. Creíame un pobre relojero, y no obstante se conducía como si,. á pesar de la atracción involuntaria y fuerte, existiese una valla entre nosotros y fuésemos seres de especie distinta. Mucho-, trabajo me costó ir triunfando de su cortedad, establecer con ella amorosa comunicación, arrancar á sus inocentes labios la confesión de ún apasionado sentir que bien pronto pude conocer que era inmenso, profundo, de esos que dominan con irresistible señorío la existencia entera. Su emoción al acercarse á mí nunca disminuía; temblaba; sus ojos se llenaban de lágrimas; tratábame en todo y por todo como trataría á un semidiós una mortal; sus ojos se iluminaban al aprobar yo algo que ella dijese, y si desaprobaba la vi cien veces próxima á desmayai-se de pena.
¿Sabes, Teresa, lo que se me ocurrió al observarlo? No os justo que oculte mis propios errores, mis debilidades, mis faltas. Al ver la adoración de Juana resurgió en mí el orgullo hereditario de la sangre. «Soy — pensé— algo superior á los domas hombres, y aun privado de todo cuanto puede revelar mi superioridad y .