Misterio · Unidad 77 de 196

Unidad 77 · MISTERIO 197

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MISTERIO 197

prestarme aureola, conservo en mi cuerpo, llevo en mis venas 'los privilegios del nacimiento, la consagración de la ampolla. 'Ella no lo sospecha, pero lo presiente, y por eso está ante mí oomo la paloma ante el milano» . Y á la vez que así pensaba renació el ansia de recobrar mi nombre y experimentó iK)r Juana una especie de frialdad. Yolví á escribirte, escribí á nuestro tío y á nuestro primo, diciendo q\ie si no me otorgaban el lugar que de derecho me corres|X)nde estaba resuelto á confundir nuestra raza con la de una burguCvSa de Spandau, á contraer un enlace desigual y que ante Dios habrían de responder de este acto mío. Esperé ansioso, rabioso, indignado. No me contestaron ellos: guardaste silencio tú... Como el que se ahorca, en venganza, delante de la casa de su enemigo, transcurrido el i)lazo que á mí mismo me había fijado, me decidí á consumar lo que, en mi soberbia involuntaria, juzgaba decadencia. Claras veía las consecuencias de tal matrimonio; con ól se remachaba en mi ser la postiza personalidad de Dorff; con ól me enajenaba las simpatías que hubiese podido obtener en lo futuro si volviese á Francia á reivindicar derechos: mi novia era protestante, hija del pueblo... mi unión baja, y en concepto dé muchos seguramente indigna. ¿Qué importiiba que Juana fuese una virgen púdica y celestial, su alma cristal más limpio que el hielo invernal del Spree, su espíritu el de un ángel vestido de carne humana? ¿Qué valían su hermosura, célebre en la comarca; su salud, que prometía descendencia vigorosa y numerosa; su dignidad nativa, sus infinitas virtudes y cualidades? Yo iba con ella al altar como se va á un precipicio: avergonzada

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y frenético, gozándome en rebajarme para rebajaros á vosotros» Ahora me doy mejor cuenta de mis sentimientos, y leyendo en mi propio corazón comprendo que erraba y pecaba. Habiendo encontrado en mi camino, por segunda vez después de la muerte de María, esa rara flor del amor honesto, absoluto, natural y desinteresado, debí estimarla y mimarla, debí saborear mi dicha, entregarme á ella olvidando lo demás, desdeñando las vanidades y las preocupaciones del mundo. Yenturas así han de agradecerse á Dios: son como perlas únicas de oriente sin igual; merecen engarzarse, custodiarse como un tesoro. Y el amor de Juana debía parecerme más lisonjero aún que el de María, porque ésta conocía mi origen y mi condición, que acaso la fascinaban con el brillo de la majestad, aun caída, mientras Juana me quería como se quiere, obedeciendo sencillamente á la sublime ley de la Naturaleza que enlaza y funde en uno los corazones. Era ó debía ser el de mis bodas el momento más dulce de mi vida; ¿por qué envenenarlo? Pues bien: lo envenené; marchité su frescura idílica. Floreció la primavera las orillas del Spree; el campo embalsamado convidaba á divinas efusiones. Juana tímidamente me decía: «¿No quieres salir?». Yo movía la cabeza preocupado; callaba; horas enteras conservaba la actitud del que siente mal humor y no lo disimula ni aun por cortesía. Así malogré aquella dicha exquisita, completa, soñada, y cuando arranqué del seno de mi trémula novia el ramillete de rosa y mirto, sólo pensé en que ejercitaba á distancia la única venganza que podía ejecutar, llevando la sangre de San Luis á mezclarse con la sangre de una humilde criatura^