Misterio · Unidad 78 de 196
Unidad 78 · MISTKRIO 199
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descendiente de trabajadores, ; quién Síibe si de mendigosl Ya vos que la confesión es entera. Por desdicha, esos sentimientos bastardos prevalecieron siempre en mí. ¿Qué digo? Prevalecen aún á pesar mío; no he sabido descender, no he logrado ponerme de acuerdo con la Providencia, que me manda desechar el necio orgullo del origen y el sueño de las grandezas humanas. En medio do las mayores adversidades, en el fondo del agujero ne(/ro^ ese sentimiento, de pronto, me ha causado impulsos de altivez, que reprimo como tentación infernal; y entro las intimidades de mi luna de miel con la más candida y enamorada de las criaturas parecíame, después de haberla dado mi nombre— el ajeno,-- <le haber unido mi suerte á la suya, qxie se elevaba entre nosotros un alto muro de piedra secular. ¡Miseria la nuestra, miseria profunda, no ser como los domas hombres: reconocernos algo aparte, lejos y fuera de la Humanidad, á manera de ídolos do algún bárbaro culto! ¡Extraña condición la de nuestra sangre, que detesta confundirse con sangre que no sea la de familias y linajes que han ejercido autoridad sobro pueblos y razas! Yo no podía vencerme; no lograba acerrarme^ moral monte, á Juana; faltábame la plena comunicación espiritual con mi esposa. Ella, ignorante de mi historia, creyéndome sencillamente el relojerito^ un artesano afinado, ijarocido á los señores, sospechaba sin embargo quo en mí podía haber algo más de lo que aparecía al exterior: frases truncadas, reticencias quo no pudo evitar, la habían persuadido de que existía algo extraño, cosas pasadas, historia, un misterio. Poro no se atrevía á preguntar ni indirectamente;
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permanecía ante mí como el idólatra ante su ídolo, en contemplación, postrada, obediente y silenciosa; diríase que me jKídía perdón de haber llegado á ser mi compañera. Y yo, á pesar de mis esfuerzos , siempre lejos , siempre en la cumbre: imi)osibilidad de abandono; solo, solo como antes , solo en el alma, guardando mi temible, abrumador y glorioso secreto... ' Un día, con alegría y terror juntamente, supe que iba á sor l>adre, á tener la dicha que nunca gozarás. Vino á mi hogar una niña y la puse el nombre que llevabas tú ¿te acuerdas? en el viaje frustrado que costó á nuestros padres el reino y la vida. En memoria de aquel episodio decisivo se llamó Amelia la criatura cuyo nacimiento fué para mí una bendición, ix)rque en ella resucitó, en cuerpo y en espíritu, nuestra madre; y así llegué á creer que la decadencia no se había realizado, y que un verdadero retoño do nuestra estir¡>e, una Borbón-Lorenii , protestaba contra la fusión imposible del ¡)uoblo y la regia línea luavor. j'i la cual...