Misterio · Unidad 80 de 196
Unidad 80 · MISTERIO 203
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interceptar las corrientes de aire... y á mojar las mantas de todas las camas y á traérmelas empapadas, chorreando. ; A sofocar el incendio I
La orden era acertada, y en momentos de confusión todo el que habla mostrando sangre fría se impone. Renato fué obedecido instantáneamente. Los huéspedes se dispersaron, dirigiéndose á empapar las mantas de sus camas y á traerlas en seguida. Serenamente Kenato se enteraba de dónde y cómo había empezado el fuego. Respondiéronle que justamente en la habitación al lado de la suya, un cuartucho de segundo orden que solía dedicarse á guardar baúles y á alojar á los servidores de los huéspedes, y donde habían colocado al ayuda de cámara del señor conde de Keller, que estaba allí aturdido y desesperado. La chimenea, que no funcionaba hacía tiempo, al atestarla de carbón el criado del señor francés se había inflamado, comunicándose el fuego á las ropas y los muebles. ¡Valiente idiota y qué estrago había hecho en el hotel! En ñn, á tratar de remediar la barbaridad cometida. En aquellos momentos no podía pensarse en otra cosa.
Inconsolable por el siniestro parecía el torpe de su autor, aquel regordete Brosseur que en su afán de calentarse no había sabido calcular la cantidad de combustible, y además se había ausentado á atender á los bagajes de su amo, dejando que el fuego creciese. Daba lástima el pobre diablo, que se tiraba del pelo y de las rojas patillas. — Mi amo me despedirá — sollozaba.—¡Un amo tan bueno y tan generoso! — Sin duda para reparar hasta donde fuese posible el daño ocasionado Brosseur
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empezó á agitarse, á ayudar, menudeando los ruegos de qué •nada su^jiese su amo.
— Por fortuna acaba de largarse á otro hotel — repetía; — ¡lero si casualmente se enterase, puedo contar con que me deshace la rabadilla á puntapiés. ¡Bonito genio tiene el señor conde! Es un ángel, pero con botas muy recias. ;Ay Dios mío, qué desgracia! ¡En qué estaría yo pensando!
Al oir la orden de Renato de traer las mantas empapadas en agua Brosseur se precipitó, y deslizándose en la propia habitación del marqués volvió á poco cargado con la manta chorreante. Oíanse ansiosas exclamaciones, ruido como de un tropel que se lanza por un despeñadero; el hotel se llenaba de gente; torbellinos de humo empezaban á salir por las ventanas, cuyos vidrios habían estallado. Un marmitón, armado de un hacha, encaramado á una escalerilla, cortaba las vigas del techo que principiaban á arder, y así impedía que el fuego se comunicase al piso de arriba. Por su parte, Renato no estaba ocioso: iba y venía, tranquilizaba, penetraba intrépido en el mismo foco del incendio aplicando con sus manos las mantas, señalaba hacia dónde convenía lanzar el chorro de los cubos; era el jefe, era el alma del salvamento. Por instinto, como sucede en los casos de peligro y de angustia extrema, todos acataban á Renato; habíase convertido en dictador espontáneo, y la conciencia de su misión le envanecía un poco; creía ver en aquel lance la medida de sus aptitudes.
— ; Agua!- repetía su hermosa voz, varonil y enérgica.— ¡Cubos de agua aquí! ¡Vengan de la despensa los sacos de harina;
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colocadlos á la boca de la estufa, ante el foco, á aislarle! ¡Esa manta dejadla caer ahí en la esquina, que salen llamaradas muy fuertesl ¡Sin miedo, con orden, con mucho orden! ;A ver, más agua, un cordón de gente en la escalera y en la puerta para traerla rápidamente del pozo del patio!
Gracias á la actividad disciplinada de todos, el incendio se (lió por vencido. Se redujo la hoguera; los maderos carbonizados, inundados, dejaron de humear; en vez de aquel horno siniestro se vio una habitación destrozada, ennegrecida, encharcada, pero que ya no ardía. El dueño del hotel, el señor Mac Renties, enjugándose el sudor de la frente y las sienes, encarnado, exaltado, vino a dar vigoroso apretón de manos al french lord que tanto había contribuido á salvarle del desastre y de la ruina. Empeñóse en que habían de trincar con la mejor cerveza negra de Escocia á la extinción del incendio, y aunque Renatose resistía, no tuvo más remedio que humedecer los labios en el bock y recibir nuevos altake hand y felicitaciones del personal de la casa. Con ellas iban mezcladas imprecaciones y dicterioscontra el otro bruto de frenrhman, autor del desaguisado. Ahora , pasado el peligro, la indignación remanecía, y el atlético cocinero que había manejado con tal vigor el hacha cerraba sus puños de boxeador, jurando que desharía la jeta al french dog á cuya torpeza se debía que hubiese estado á pique de abrasarse el hotel enterito. Y en efecto, para cumplir la amenaza se echó en busca del pillastre para cobrarle la cuenta de puñetazos poniéndole un ojo á la manteca negra. Poco tardó en volver, sofocado.. reventándole la sangre por la epidermis, bufando y gritando: