Misterio · Unidad 81 de 196
Unidad 81 · 206 MISTERIO
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206 MISTERIO
— |Ah! ¡El tuno ese! ¡Asno malicioso! ;E1 diablo que lo encuentre ya! No parece. Se ha escabullido, dejándose la maleta.
Renato aguzó el oído. Sin saber por qué este suceso le llamaba la atención. Un involuntario estremecimiento, una opresión indefinible, le sobrecogieron al instante.
— ¿Qué ocurre?— preguntó al dueño del hotel.
— Nada— dijo éste encogiéndose de hombros, — lo natural: que el bestia del ayuda de cámara no ha querido trabar conocimiento con los puños de Mathew. Se ha evaporado.
Apresurándose á librarse del obstinado agradecimiento del fondista, de Brezé alegó cansancio y el deseo de comprobar si también en su habitación había causado estragos el incendio.
Al entrar en ella, hubo de llamarle la atención el desorden en que se encontraba: vio la cama deshecha, las ropas por el suelo, volcados los muebles. Temblando, agobiado por un presentimiento que se precisaba más á cada minuto, Brezé corrió á la maleta donde había encerrado el precioso cofrecillo. Frío sudor bañó sus sienes al notar que la maleta se encontraba abierta, forzada la cerradura, cuya chapa aun pendía arrancada de las doradas tachuelas que la adherían al cuero.
Las manos febriles de Renato se hundieron en el interior de la maleta: allí tenía también algfin dinero, y sus dedos tropezaron con los rollos de moneda ocultos bajo las ropas. ¡Pero en vano buscaron la cubierta metálica del cofrecillo! Cogiéndose las sienes, temeroso de ser víctima de -una alucinación, de Brezé deshizo toda la maleta, sacó prenda por prenda; miró en el suelo, sobre la papelera, aunque estaba bien seguro de haber
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guardado allí el inestimable cofre... ;Nada, nada, nada I Xi señal del cofrecillo, ni rastro.
— jRobado! — tartamudeaba de Brezé sin aliento. — ¡Robado! ¡Infames! ¡Infames!
La vergüenza y la desesperación le clavaban en el sitio, tembloroso, i)resa de un acceso de frenesí interior, hasta tal punto que se reprimía para no lanzarse contra la pared estrellándose la cabeza. Ahora se explicaba el incendio, el lazo en que había caído como un niño insensato; ahora se daba cuenta de por quó al ver a aquel ayuda de cámara de las patillas rojas le habííi parecido conocerle, sin que le fuese posible recordar dónde.
— ¡Desgraciado de mí! ¡lie asesinado á Amelia!— repetía Renato.
El sentimiento de su responsabilidad le abrumaba. Con su falta de precaución, con su descuido, acababa de perder á Dorff, de arrebatarle lo último (^ue le (quedaba, su áncora salvadora. En vez de custodiar el sagrado depósito que habían confiado á su capacidad y á su celo se lo había dejado quitar como ol imbécil de los imbéciles, olvidando las advertencias de Dorff, aquellos encargos tan reiterados y decisivos: «Desde el mismo momento en que recojas este cofre y este rollo de 2)apel que guarda el estuche no te creas seguro en parte alguna, vigila,' teme, no duermas sosegado y de nadie fíes. En todas partes te acecha la traición...».
— ¡Desgraciado de mí! — repetía mesándose los espesos, cabellos. — ¡Miserable de mí que todo lo he olvidado, que he destruido el porvenir en un instante!
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SiiH rnaiicrH febriles XfM^^aLirm el estnche del mamis-iTito sobre f I j^e^ího: resjúr^» un jkxx» iii£s libremente, pues temía halierlo íleja/lo también á meríy^l de los la<lrones. A*inello le devolvió algíín valor y fuerza. En la maleta estallan las pistolas, las que debía á Dorff: las tomó, examinó la carga, metiólas en los bol- ►illo« de «u CHiHÁe. se lo puso, así como el sombrero, y apretando lo» dientes, con la en^r^ría d^^l que adopta una resolución mortal, dijo í^si en voz alta:
— A recobrar el íM>frecillo. ;Ah, seor conde de Keller, 6 seor |M>lizonte, ó quien quiera que fuí»ses... cuidadol porque no he do dencauBar mientra» no recu[jere lo que me sustrajiste y no te dé de pa8í> una lección. Ahora tengo la fe que no tenía^ ahora croo á pie» juntilla.s que Dorff no es soñador ni loco. ;(iuárdate, cí^nde de KellorI He aprendido mucho en un cuarto de hora. Aprendizaje cruel, i)ero ;ay de ti si te encuentrol