Misterio · Unidad 83 de 196

Unidad 83 · HISTERIO 218

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HISTERIO 218

gibre. Ante una de las mesas está sentado un hombre joven, tan preocupado que de fijo ni sabe lo .que engulle; viste traje -de camino j sin duda espera á alguien, pues sus miradas se dirigen con frecuencia hacia el trozo de muelle visible á través de la vidriera, no muy limpia, no obstante la fama de la inglesa pulcritud.

El observador es á su vez observado por dos individuos, situados á bastante distancia, emboscados, por decirlo así, en el punto más oscuro de la sala, entre una penumbra que no permite distinguir sus rostros desde lejos; pero acerquémonos y será otra cosa. Veremos primero á un hombre como de treinta y pico de años, de baja estatura, delgado cual si le consumiese fuego interno desecando sus carnes, de color bilioso y pálido, de duro mirar, de labios contraídos, de cabeza pequeña, de recelosa actitud y al parecer siempre emocionado, siempre vibrando á impulsos de una idea. Quien se fijase en sus movimientos notaría que apenas tocaba á la comida y que su gran hock estaba todavía colmado de la primer cerveza que le habían servido y cuya espuma se hallaba ya disipada del todo.

Al lado de este personaje hay otro que, por el contrario, despacha con excelente apetito su trozo de salmón y lo riega, no <5on cerveza, sino con tragos de Chantí color de granate, que -escancia de un fi-asco enfundado en paja. Es un joven de hermosa figura, algo vulgar, sin distinción, pero escultural y formado como un Apolo, robusto, de tez morena y negra barbaflus ojos brillantes, sus dientes blancos revelan salud, vigor y alegría; su mirada es directa y á veces difícil de sostener.

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Conversan los dos individuos en voz tan baja que sería imposible á los demás parroquianos de Sympdale sorprender jota desu conversación. Cada vez que se aproxima Kate, el gallardomozo se aprovecha para soltarla un puñado de requiebros y aun se propasa a sujetar un instante la mano de la gentil servidora sobre el borde del tablero ó á rodear su cintura mientrasse inclina para servir la cerveza. Pero apenas Kate desapareceel diálogo soito voce se anima. Hablan en italiano.

— Sí que le conozco— afirma el primero, refiriéndose al caballero que miraba al muelle. — Le he visto en París y no meengaño; es un señor perteneciente á la alta sociedad, el marquésde Brezé. Su familia es ultramonárquica. Les han devuelto susbienes; les han enriquecido. Su lealtad tiene contrapeso de oro,

— ¿Y crees que su presencia aquí se relacione poco ó mucho?. . ^

— ¡Qué sé yo! Giacinto, cuando se está en nuestro caso, el descuido sería- necedad; siempre conviene pensar lo peor. Queso halle aquí un viajero francés en espera de barco ipchl cosa insignificante, máxime si nos consta que no es ningún moscóa de la policía. Pero el hecho de ser de allá ya nos obliga á sus picacia; además, percibo en él algo que me sorprende: su actitud no es tranquila: ese hombre parece acechar.

— Cierto — contestó el llamado Griacinto. — ^Eso me ha dado en la nariz desde que se sentó á la mesa. Espera ó teme. ¡Bahl ün noble, un elegante... Cuestión de faldas.

— ;0 de política! — repuso obstinadamente el otro. — 'No le perdamos de vista; á veces por el hilo se saca el ovillo. En esta hostería donde suele parar nuestro Yolpetti — y recalcó la pala-