Misterio · Unidad 84 de 196
Unidad 84 · MISTERIO 215
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bra ntiestro — debe sernos sospechoso hasta el aire. Si ese petimetre espera á una mujer bonita ¡buen provecho! ¡Pero si nol...
— Yo juraría que el amor danza en el asunto — afirmó Giacinto, que se explicaba difícilmente el modo de ser de su compañero, indiferente a la hermosura.
— ¡Ello dirál Yamos á lo que importa. Si los informes de nuestros hermanos de la Venta de Londres son exactos, Yolpetti llega aquí hoy sin falta. ¿Estás seguro de conocerle bajo cualquier disfraz que adopte? Ya sabes que ese zorro se transforma como el más consumado actor.
— ¡Que se me despinte á mí Yolpettil — exclamó Giacinto, por cuya expresión fisionómica cruzó, descomponiéndola, un lívido y repentino relámpago de odio. — Aunque se meta en el pellejo del diablo, su compadre. ¡Si somos de un mismo país y de un mismo pueblo: sicilianos de Catania! ¡Si le recuerdo desde que andaba descalzo , atrayendo gente á los garitos! ¡ Si luego se entró de novicio en los camaldulenses ! ¡ Si le vi empezar su profesión de esbirro á las órdenes de un gobernador, hechura de la reina Carolina! Tiene el genio de su profesión y ha llegado en ella al grado sumo. Nació espía y polizonte y goza en ejercer ese vil oficio. Es un düpttante apasionado. Es el más peligroso de cuantos empleó Fouché y emplea Lecazes. ¡Ah! Pero á cada cual le llega su hora... ¡Tengo tantas cuentas atrasadas con Yolpettil El largo encierro de mi pobre hermano Eafael; la desesperación de Grazia, su prometida; la horca en que se balanceó el cuerpo del honrado Eomeldi; el descubrimiento de la conspiración del 19 de agosto... ¿Pues por qué se
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me ha designado para esta misión, por qué? ; Porque saben que Yolpetti... de mí... no se libral
Dijo esto Giacinto rechinando sus blanoos dientes, transfigurado por la ira que centelleaba en sus ojos de fuego.
— ¡Chisstl — indicó Luis Pedro. — Calma j disimulo. Para estas cosas, ser de hielo al exterior.
— No te apures — repuso Giacinto. — Ya sabré moderarme.
—¿Te conoce él?
— Como á su propia camisa. Y sin jactancia, me tiene un miedo regular. Si cuando Heguó de Trieste, á París no me protegen tan eficazmente los hermanos^ me echa la zarpa. A bien que contra treta retreta y á espía espía y medio. Aquí, en Inglaterra, ¿qué puede hacer? De hombre á hombre...
— En Inglaterra misma — advirtió Luis Podro— los esbirros ayudan á los esbirros, los poderes inicuos al inicuo poder. Es preciso, Giacinto, reformar vuestra estrategia; y no digo nuestra^ porque de lo que personalmente y sin acuerdo con los demás haga cada cual responderá ante su conciencia... y basta. Es preciso, lo repito, que la Venta Suprema reconozca que con la caballerosidad no iremos á ninguna parte. jQuó diablo! A fe que Lecazes se anda con escrúpulos. La guerra es la guerra; hoy no se pelea en los campos de batalla como en tiemjK) del Otro^ pero se ha trabado un duelo á muerte entre la revolución y la reacción, y bajo apariencias de legalidad existe una salvaje lucha. Si hemos de contentamos con hojalatear, ¿á qué esa organización por veintenas donde nadie conoce á los de otra veintena, sino el que los ha de organizar, esa vasta red que