Misterio · Unidad 85 de 196

Unidad 85 · MISTERIO 217

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MISTERIO 217

alguien comparó á las ramificaciones madrepóricas, á los corales, y á qué, sobre todo -dímelo, Giacinto, por tu vida — esta resurrección de los antiguos Caballeros de la libertad? ¿Ha de quedarse todo ello en platonismos, en aspiraciones para cuando los acontecimientos, en su curso natural, nos regalen el triunfo? ¿No hemos de tomar un desquite? ¿Uno solo?

— ¡Carpo di Dio/ — exclamó el italiano — el platonismo ha muerto. Dígalo nuestra presencia aquí. ¿Venimos á recreamos? «La policía necesita una lección — se nos ha dicho — y hay que dársela. El infame Yolpetti lleva á Londres alguna misión secreta para el Grobierno, cuyos efectos conocerán muy pronto todos los carbonarios ingleses. Que la suerte de Yolpetti sirva de escarmiento al Superintendente de policía y á los que están más arriba que ól». ¡Ahí Se preparan sucesos...

— ¿Qué sabes? — preguntó Luis Pedro afanosamente.

— Olfateo. Sospeclio. La exaltación crece. Los acontecimientos nos arrastran á todos. Conozco hombres tras de cuya frente se genera un mundo de ideas y de resoluciones. ;Ah, caro mío! Las asociaciones son sin duda muy fuertes, pueden muchopero á veces un individuo aislado que obedece, no á la consigna, sino á la pasión, puede y hace más en un minuto... En fin, no me ha comunicado sus secretos la Gran Venta ^ pero están en la atmósfera; se sienten y se respiran. Pronto hemos de ver notables cosas.

— Parece una profecía— murmuró el otro interlocutor.

— Bien... El tiempo corre. Ahora ¡cumplamos nuestra misiónl

— ¡Sin duda!— declaró el italiano. — Y nuestra misión no

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es grano de anís. Yolpetti llegará aquí para embarcarse. O Tiene solo ó acompañado. En el primer caso somos dos para^ meternos como bombas en su propia habitación, ahogar sus gritos y despabilar el asunto en un santiamén. Tenemos la retirada segura; el Poliphétíie nos aguarda; su capitán, nuestro hermano, nos ocultará, nos cubrirá la retirada, nos desembarcará donde nos acomode. En el segundo caso, el negocio se complica, pero jtanto mejor! Prefiero uno para uno y cuerpo á cuerpo.

— Pues pidamos al cielo que venga solo. ¿Pundonor con los perros? ¿Cortesía con los esbirros? ¿No valen en la guerra las emboscadas? ¿Es cosa de que nos prendan y saquen por el hilo el ovillo de los hermanos y en especial el de los caballeros? ;BahI Se le despacha como á un can maldito... y abur. Yidas máa imi)ortantes que la suya se extinguen en un soplo si al destinóle place.

Proseguiría Luis Pedro si Griacinto no le diese al codo deuna manera significativa.

— ¿No decía yo que era cosa de amor? Ahí tenemos á la damisela - bisbiseó alborozado.

El joven que comía solo acababa de incorporarse con ímpetu, yendo al encuentro de dos personas que aparecían en la puerta: un hombre en la fuerza de la edad y una jovencita. Vestía esta pareja muy modestamente de telas grises y raídas, y parecían,, por el corte y color de su ropa, dos irlandeses de los que pasan á Francia en busca de la vida, tan difícil en su menesterosa país. Pero bajo el limpio calesín de paja adornado con una pobre cintita de terciopelo negro de la joven se adivinaba un perñl

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tan arrogante como gracioso, y el ancho levitón del hombre noocultaba una apostura distinguida y llena de dignidad. El marqués de Brezo, deshecho en atenciones con los recién venidos,, buscaba con su mirada la de la viajerita, la cual le sonreía con divina dulzura desde la penumbra en que envolvía su rostroel ala del sombrerón. Luis Pedro, demudado, apoyó violentamente la mano sobre el braao de Giacinto.

— ¿No ves qué cosa más extraña?

—¿Cuál?

— ¡El parecido!

—¿Qué parecido? No entiendo.

— ¡El de esa muchacha y ese hombre con la familia del penúltimo rey, del degollado I El es el monarca, ella la austríaca....

— No les conozco sino por retratos— dijo el italiano; — pero,, en efecto... ¡cuerpo de Dios! Me parece, me parece que sí...

Y los dos carbonarios, estupefactos, se miraron como si aca-^ baran de ver salir á los muertos de la sepultura.

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Breves momentos hablaron las tres ])ersonas; casi inmediatamente, Dorff y Amelia— parece excusado decir si eran ellos — se encaminaron, guiados por el marqués do Brezé, hacia la sombría escalera de caracol que comunica el figón con los pisos altos de la posada del Pex Rojo, Al efectuar este movimiento de retirada hubieron de pasar muy cerca de los dos hombres que comían salmón ahumado y lo regaban con cerveza y Chianti; pero éstos metieron en el pecho la quijada, absortos en su gas-, tronómica ocupación.