Misterio · Unidad 86 de 196
Unidad 86 · MISTERIO 221
Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.
MISTERIO 221
Renato, precediendo á los viajeros, les condujo á un amplia sala con techo artesonado de madera, detrás de la cual había do& cuartitos destinados al padre y á la hija. Antes registró las^ habitaciones; se aseguró de que no tenían armarios secretos,, nada sospechoso; sacudió las cortinas; dio vuelta á la llave; pasó el cerrojo, y seguro ya de hallarse al abrigo de ojos y oídos indiscretos, repentinamente se postró de rodillas, con la& manos cruzadas, ante Dorff.
— ¡Perdón!— exclamó. — ¡Perdón! Es preciso que confiese mi delito, mí enorme culpa.
— Pues ¿qué hay, hijo mío? ¿Qué sucede?... ¿Por qué no me das los brazos?... — articuló el mecánico, pugnando por levantar del suelo al marqués de Brezé.
— Porque no lo merezco; he sido un miserable — respondióel marqués. — Sólo el confesarlo, señor, me proporcionará algún alivio, dará algún desahogo á mi conciencia. ¡Como un imbécil como un estúpido, me he dejado sustraer el cofrecillo!
Dorff palideció y se tambaleó. El golpe era terrible. Con el cofrecillo desaparecía la última esperanza. Era el cofrecillo como la raíz de su ser moral, la chispa lumínica que todavía, entre brumas y sombras, alumbraba su destino. Al apagarseesta chispa, la negrura de la nada caía sobre él. Se recostó en la pared, cerrando los ojos, y permaneció así un instante, durante el cual se escucharon los sollozos de Renato, que anonadado lloraba como un niño.
Dorff fué el primero que recobró el dominio de sí mismo la dignidad ante la catástrofe.
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— iQuó le hemos de hacer, hijo mío! — murmuró con esfuerzo.— Cúmplase una vez más la voluntad suprema, ante la cual somos átomos los mortales. Has salvado mi vida y has perdido mi nombre: resignémonos. El que dispone de ti y de mí sabe más que nosotros. Hágase lo que El quiere.
Y estrechó á Renato, ya en pie, contra su pecho, calurosamente, en un rapto de abnegación. Amelia, silenciosa, pálida •como una muerta, dejaba fluir de sus ojos dos gruesas lágrimas.
— ¿Y el manuscrito? — interrogó Dorff.
— El manuscrito. . . está en mi poder.
— Dime cómo ha sucedido la desgracia del cofrecillo — ordenó ■el mecánico desplomándose en ancho sillón de cuero y señalando el canapé á su hija y á Renato.
De Brezé refirió minuciosamente los episodios del hotel Douglas, la visita del supuesto conde de Keller, el incendio, la «ustracción. Palpitaba Amelia de triste curiosidad. Dorff se abismaba en meditaciones.
— Ese conde de Keller no era sino un esbirro— declaró Dorff al terminar el relato,— y por las señas que me das de él le reconozco; es mi mal genio, es el que ha intervenido é influido en buena parte de mis infortunios. Tras de mí viene, siniestro y perseguidor, y no parará hasta aniquilarme. El era sin duda el que me dio el pasaporte allá en la frontera prusiana. Nuestra batalla está perdida.
Ese bandido es personificación de la policía, fuerza oculta y fatal que me envuelve. Ella guiaba el brazo de los asesinos de que milagrosamente me libraste tú, y nótalo, Renato: