Misterio · Unidad 87 de 196

Unidad 87 · MISTERIO 223

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MISTERIO 223

desde el mismo instante en que interviniste en mi destino, esa fnerza actúa sobre ti. No intentes luchar, hijo mío; temo por tu vida, por tu seguridad, por tu honra. Ya me pesa haber accedido á este viaje. ¿Cómo realizarlo? ¿Cómo intentar siquiera BÍn documentación, sin pruebas de mi existencia, entrar en mi patria, remover el fuego sagrado de los recuerdos y de la lealtad en los que han conocido á mis infelices padres y acaso conservan en su corazón el culto de mi trágico nombre? Renunciemos, Renato'; volvamos, yo al destierro, tú á tu país olvidemos; no sepan que eres mi amigo, porque siempre escu •cho resonar en mis oídos la siniestra profecía del calabozo.. «¡Tus amigos pereceránl» . Aun en Londres no me creo seguro Me trasladaré á Holanda, y allí, en tierra de libertad y justi cia, vegetaré entre los corazones que son míos, bajo la mirada de la Providencia.

Mientras hablaba así Dorff, Renato no apartaba los ojos del semblante de Amelia. Secas ya las lágrimas, el bello rostro expresaba intrepidez y resolución; sus ojos azules centelleaban, su nariz se dilataba impetuosamente. Renato, al mirarla, sentía, en vez del pesimismo que infundían las palabras del padre, viril afán y propósito de combatir á ultranza. Animado por este estímulo moral y por el dulce contacto del cuerpo de la joven que palpitaba á su lado , exclamó:

— jSeñorl Nada de desaliento. He resuelto pedir desquite al destino. O muero ó triunfo; lo que no concibo es rendirme antes de apurar las contingencias de la lucha. ¿No bastó mi intervención para frustrar el inicuo atentado del square? ¿Quién

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sabe si soy yo el enviado de la Providencia? ¿Se me ha de negar el derecho á vengarme del ladrón que me embaucó y me burló? ¿Ha de ir riéndose? Confundido me vea si tal sufro. He de recobrar el cofrecillo, así lo defienda Belcebú con garras y uñas. Me he jurado — y un de Brezé cumple todas las palabras y en especial las que se da á sí propio — que esta maldad no quedará impune. El corazón me dice que estoy próximo á cobrar mi deuda y rescatar el cofrecillo. Escuchen... Sé que el esbirro se dirige aquí. ¿Qué cómo lo he averiguado? ;AhI todo se aprende, hasta el vil oficio de espía, y yo, en veinticuatro horas, bajo el influjo de la rabia y la vergüenza, he sabido indagar, derramar dinero, hacer lo imposible. La pista del supuesto conde de Keller está encontrada; no se me escapará.

— ¡Bien, Renato míol — gritó Amelia, presentándole su mano y permitiendo que el enamorado la cubriese de besos locos.

— I Amelial— exclamó en tono meditabundo Dorff — tú has heredado la incontrastable resolución de mi madre y de mi abuela María Teresa; yo la resignación y el pasivo estoicismo de mi infortunado padre. Cuando estoy á tu lado me comunicas tu arrojo; mi sangre gira más activa y rauda; creo fácil lo imposible; mis dudas se disipan; mi angustiosa dualidad desaparece; me convenzo de que no soy un pobre iluso, un pobre loco... ¡Dios te bendiga!

— Padre— exclamó la niña, — pero ¿no conoces que tenemos el deber de no entregarnos sin defensa? ¿Es lícito renunciar á derechos que son los de tus hijos? ¿Concibes que la obra de iniquidad pueda durar eternamente? ¿No confías algo en esa Pro-