Misterio · Unidad 89 de 196
Unidad 89 · MISTEKIO 227
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MISTEKIO 227
^re, Dios no me perdonará, y cuanto intentemos será estéril. Lo adivino. . .
Las manos de Renato y Amelia se estrecharon bajo la mesa; los ojos de la niña despedían llamas.
— Procuraré evitar la violencia— contestó evasivamente el marqués, — pero importa sobre todo recuperar los- documentos. Y en fin, señor, esto es cuenta mía. Para cazar al esbirro tengo •dos medios: primero, recorrer todos los hoteles y posadas, que no son muchos; segundo, y mejor, vigilar las embarcaciones prontas á hacerse á la vela para Francia. No ha de escaparse el ladrón é incendiario. ¡Ahí El señor conde de Eeller me ha •dado una lección severa, pero útil; encontrará en mí digno dis- •cípulo suyo. .
— Bien — dijo Amelia. — Y respecto á nuestro viaje secreto y seguro á Francia ¿qué opina el general en jefe?
— Opino— contestó Renato— que eso está más enlazado de lo -que parece con la solución del asunto del cofrecillo. No podemos pisar el suelo francés mientras no evitcfiios que pueda •delatarnos ese esbirro. Si él llega casi al mismo tiempo que nosotros, al entrar en Francia seremos detenidos y probablemente sepultados en una mazmorra. No nos forjemos ilusiones, -ello es así. Suspendamos, pues, la resolución hasta ver qué sucede, y entretanto, que el padre y la hija permanezcan aquí •encerrados, para no ser vistos. Su personalidad es la de dos irlandeses necesitados, Míster Edward O'Ranleigh y su sobrina Miss Bess 0*Ranleigh, que pasan al continente en busca de subsistencia: él como escribiente de música y ella como profe-
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sora de harpa. — Mi ilusión de que va á cambiarse la suei-te podría confírmarla una casualidad feliz.— Próximo á hacerse á la vela^ quizá dentro de algunas horas, se encuentra aquí un barco mercante francés, el brick-corbeta Polipfiéme. Es el capitán un bretón, hijo de un protegido de mi padre; hoy temprano, ape ñas llegué, le tropecé en el muelle; le indiqué que le necesitaría, y creo que podemos fiarnos en su gratitud y en su lealtadi de marino.
— ¿Lo ves, padre? — exclamó Amelia. — La fortuna empieza á cambiar, el cruel sino á quebrarse. ¿No es providencial el encuentro de ese capitán del Poliphéme^ amigo y obligado de Renato? jAh! ¡Era demasiado rigor! ;Era demasiada injusticia^ No hay plazo que no se cumpla.
—jOjalál— murmuró con tétrico fatalismo Dorff, reclinándola cabeza en el hombro de su hija.
— Mirad allí el Poliphéme-'áijo Renato, arrastrando á Amelia y á su padre hacia la ventana, desde donde se veía la línea dé los muelles y el mar, en el cual se balanceaban las embarcaciones sobre una superficie en aquel instante tranquila y sóloorlada de espuma en los escollos.
Al mismo tiempo Renato señalaba hacia el brick-corbeta francés, que se columpiaba graciosamente. De pronto su diestra ^ ique asía la de Amelia, tembló y se enfrió, su rostro se demudó,, su boca tuvo una contracción violenta.
— ;Ah! — balbuceó— ;ahí viene!...
En efecto, en aquel mismo instante Yolpetti ó el conde de 4Celler, segCín queramos denominar al esbirro, vestido de viaje,-
<5on su aspectx) aristocrátic», tipo Chateaubriand, adelantaba hacia la posada del Pez Rojo] detrás de él, portador del necefler y la maleta, se contoneaba Brosseur, el rechoncho ayuda -de cámara, tan torpe ]>ara encender chimeneas.
— ¡Dios mío I — articuló Renato. — ; Dios bondadoso, aquí se dirigen! — Empujó casi violentamente á Amelia y á Dorff, obligándoles á apartarse de la ventana, y oculto tras la cortina siguió atisbando.
— ¡Aquí, sí! ;Para en esta misma fonda! Le acompaña el perillán á quién yo tuve la torpeza de no reconocer, el que me hirió en el square. ¡Lo que es ahora no me lo negarán ustedes! jLa justicia divina me lo entrega!
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