Misterio · Unidad 90 de 196
Unidad 90 · ÜEISTATO SSPSftA.
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ÜEISTATO SSPSftA.
No fué menor que la emoción de Renato la de los dos individuos apostados en la sala baja al divisar á Yolpetti, que con su equipaje se dirigía hacia el Pez Rojo.
Conteniendo el alborozo se hicieron vivas señas, pisándose los pies.
—Ahí le tenemos — susurró Giacinto.
— Y acompañado - comentó Luis Pedro.
— Y el compañero parece forzudo.
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— Me encargo de él— declaró fríamente el sombrío caballero de la Libertad.
A tiempo que dialogaban así, el hostelero del Pex Rojo encomendaba á Kate que bascase habitaciones para el señor recién llegado y su fámulo. Kate echó k correr, y como una exhalación la siguió Griacinto, bromeando, pellii^ndola el talle, sin que mostrase gran indignación la mozallona roja, nada esquiva y hecha á esta clase de chanzas con los huéspedes.
Volpetti y su criado habíanse detenido un instante en el bodegón á beber dos copas de Málaga con bizcochos. Giacinto, emprendedor, acercábase á Kate más de lo necesario, acorralándola en cada rellano de la escalera.
— Déjeme en paz— repetía Kate riendo. — ;Qué humor gastal ¡Yaya una manía de andar tras de mí!
— No es manía, es buen gusto— contestó galantemente el italiano.— ¡Hermosa!— añadió en suplicante voz. — ¿Por qué tanto rigor conmigo?
— He de hacer mi obligación— protestó Kate. -He de elegir aposento para ese señor que acaba de llegar y su criado, y no es tarea fácil, porque está la casa llena como un huevo. — Ea, ¡á soltarme, sir!
— No seas ingrata. Déjame que te acompañe por los pasillos. Buscaremos juntos... ¿En eso haj mal? Te escolto; soy tu servidor, tu paje, lo que quieras...
No era posible rehusar oferta tan cortés, aun cuando en ella fuese envuelta bastante malicia. Porque, al entrar juntos en un
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cuarto desocupado, Kate se cercioraba de que el gallardo siciliano era un solemne truhán, amigo de no desperdiciar ocasiones.
Por fortuna, fijite, muchacha digna y seria en el fondo, aunque chancera en la superficie, sabía lo que debía á su decoro, 7 además tenia manos listísimas para contener á los desmandados, aunque fuese por el tradicional sistema de los mojicones, sistema que al italiano le hacía suma gracia, á juzgar por las risotadas con que lo celebraba relamiéndose. Acabó Kate por reírse también, pues no había modo de formalizarse con aquel perdido gracioso.
— No están libres sino el 10, el 39 y el 43— decía la muchacha.—¡Qué lástima! No son buenas habitaciones, y además el amo estará á cien leguas del criado; pero. . . ¿qué me importa? Yo no tengo la culpa...
— ¿Cuáles les das por fin, oh aposentadora celestial?
—El 10 y el 39. Para el amo, el 10.
Estas noticias no parecieron interesar á Giacinto. Al pasar IX)r delante de la puerta del 8, contiguo al 10, preguntó como al desdén:
— ¿Y quién se aposenta ahí?
— ¿Ahí? Los dos irlandeses, tío y sobrina, que llegaron hoy á medio día. ¡Sucia gente, Ico iilandeses! ¡Hato de mendigos! Y la chiquilla me parece á mx que ha de ser buena pieza: encerrado está con ella y con el tío un caballero francés muy guapo, que sin duda vino á esperarles aquí... ¡Adelante! Algún lío...