Misterio · Unidad 91 de 196
Unidad 91 · MISTERIO 28B
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MISTERIO 28B
— Déjales que se amen— respondió fatuamente Giacinto. — También nos amamos tú j yo.
Kate le soltó un soplamocos.
Cuando Giacinto bajó otra vez tras la moza á la gran sala ahumada donde había dejado á su compañero evitó ser yisto por Yolpetti que ya subía la escalera, y encontró instalado á su mesa, despachando una copa de ron , á un hombre de cetrino cutis, de verdes ojos, de fisonomía simpática, que no era sino el capitán del Polipkéme.
— ¿Es para esta noche? — ^preguntaba el capitán.
— O para el amanecer — contestó Luis Pedro. -Que el brick esté dispuesto á levar anclas y la chalupa nos aguarde al pie del muelle toda la noche, con un solo marino, un hombre seguro.
El capitán parecía indeciso. Rascábase la frente, como quien tiene algo que objetar y busca la fórmula.
— Es el caso- balbuceó— que...
— ^¿Qué? Capitán Soliviac, hable usted claro. No ignora usted que, ocurra lo que ocurra, usted no puede negarse.
— iNegarme! Imposible. Pero... hay aquí, en esta misma posada del Pez Rojo^ personas que también desean pasar á Francia, y á las cuales me sería penoso rehusar este favor. ¿Cabe conciliar ambas cosas? Eso es lo que dudo.
: -^¿Y quienes son esas personas que tanto interesan á usted , capitán?
-^Para decir verdad... mi compromiso es con una tan sólo: el marqués Renato de Brezé.
234 MISTERIO
Estremeciéronse los dos carbonarios.
— ¿Y qué vínculo le liga á usted á ese joven, de familia adicta al gobierno?
— Nada de política. Vínculo de gratitud. Mi padre fué ampa^ rado, sacado de la miseria por el del señor marqués. Sentiría en extremo no poder pagar mi deuda, pues el marqués tiene especial empeño en que el PoUpkéme le lleve á Francia.
— ¡Hum! —exclamó meneando la cabeza el coronel. — ¡El marqués de Brezé! ¡El hijo de la Roussillón! ¡Mal compañerol
— ¡Bah! - respondió el capitán— el marqués no se mezda en lo que á nosotros nos preocupa. Sin cuidado le tiene. Es un brillante cortesano, dedicado á galanterías y á la caza. Vendrá de alguna magniñca quinta inglesa, donde habrá tirado á Iob faisanes, y ahora tendrá prisa de regresar á París si allí le espera una linda rubia. Y todavía es más probable que la linda rubia esté aquí mismo y le acompañe en la travesía, porque me ha advertido que con él entrarían á bordo una joven irlandesa y su tío.
Los dos carbonarios se miraron consultándose. Giacinto hizo una señal tranquilizadora: sabía que estas noticias andaban acordes con la verdad.
— Capitán Soliviac - contestó el italiano,— aunque lo primero es el servicio de los caballeros ^ que hasta excluye cualquier otro, por esta vez conciliaremos los términos. Avise usted al marqués de Brezé que tiene pasaje.
— Otra solicitud me han dirigido - añadió satisfecho el marino,— ^pero esa creí que debía desatenderla.