Misterio · Unidad 92 de 196
Unidad 92 · MISTEBIO 285
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MISTEBIO 285
— ¿Quiéii era?
— Un señor qne se pareoe algo á mi paisano, el vizconde de Chateaubriand. Debe de ser persona de viso. Lleva un criada gordo, rechoncho...
No fué mirada, fué un relámpago lo que se cruzó entre los dos carbonarios, cuyos corazones botaron contra las paredes del pecho.
— ^¿Ese ha solicitado pasaje, capitán? ¿Está usted seguro de no equivocarse?
—¡Que si estoy seguro! Hace un momento saltaba yo de la chalupa al muelle y veo que se me acerca. ¡Si no hay medie de confundirle oon nadiel ¡Viste largo levitón de camino y sombrero de copa ladeado, abarquillado, última moda, que no habr& otro igual, de fijo, en Dower! Me hace un saludo y me dice: «¿Es usted el capitán del brick Poliphérne? — Servidor de usted. — ¿Vuelve usted á Francia?— Es probable. — ¿Cuándo? — Aun no lo sé.— ¿Querría usted llevarme? — Dispénseme, ya tengo el pasaje completo» . . .
— Pues ahora mismo -ordenó Giacinto — subirá usted al número 10, que es donde ese caballero se aloja, y afectande rudeza le dirá usted que acaban de avisarle de que dos pasajeros que habían de embarcar ya no embarcarán, y que puede usted brindarle un par de camarotes. Pida usted caro; aparezca codicioso. Sepa usted disimular. ¡Cuidado! Ese hombre lee en las caras los pensamientos.
—¿Y si me pregunta dónde hará la primer arribada el barco? — preguntó el capitán.
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— ^Dígale usted que en Dieppe; pero que si le interesa que sea en Calais, el Havre 6 Cherburgo, esa es cuestión de dinero. Haga usted porque se ñgure que se trata de explotarle— añadió Giacinto, cuya sonrisa era siniestra y sardónica al pronunciar estas palabras.
— ;AhI — añadió — todavía no están completas las instrucciones. Si el viajero acepta, le advertirá usted que la hora fijada para la salida es la de la marea de media noche; que á cosa de las once la chalupa esperará en el muelle, y que conviene ser puntual, so pena de perder el viaje...
—Así se hará. ¿Hay más?
— ¡Ya lo creo que hay más!.. Capitán, ¿está usted seguro de su tripulación?
— ¿En qué sentido?— exclamó admirado Soliviac.
— En el de que le obedezcan á usted pasivamente y guarden silencio sobre lo que ocurra á bordo por orden de usted. ^ — jYive el cielo!— declaró el marino con orgullo. — |A mi gente la conozco! La he llevado á más de una empresa ardua, cuando el otro hacía temblar á Inglaterra. Hemos dado caza á los malditos ingleses... Mis gentes callarán como piedras y obedecerán como cadáveres.
— Pues entonces...— dijo Luis Pedro — es preciso que uno de nosotros, yo, embarque antes secretamente, á la hora en que la niebla que suele levantarse al caer la tarde confunda ya los objetos. Así que llegue á bordo me proporcionará usted un traje de marinero, y seremos nosotros quienes tripularemos la chalupa que venga á buscar á ese individuo y á su compañero»