Misterio · Unidad 93 de 196
Unidad 93 · MISTERIO 2d7
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MISTERIO 2d7
Usted nos acompañará, aunque no sea costumbre de los capitanes...
—Convenido — repuso el capitán.
— ¿Está usted determinado á todo^,.. —interrogó Giacinto con signiñcativo acento.
> La faz simpática y franca del capitán se nubló ligeramente. Corsario bajo disfraz de mercante, era capaz de las más arriesgadas empresas; pero sabía que la ejecutiva justicia de los caballeros era terrible, y que sus fallos debían cumplirse sin preguntar la causa. Fué instantánea la duda. Se rehizo al punto, y contestó:
— A todo.
— Capitán — dijo Griacinto, que leía en su cara, —ese hombre á quien seguimos los pasos es peor que un lobo rabioso. Ha merecido mil muertes, y nuestra misión es darle su merecido. Si usted vacila, no importa; desde este mismo instante cesamos de considerarle como hermano y como caballero de la lihertad. Trabajaremos por nuestra cuenta y esperamos de su honor que no nos delate.
— No - insistió Soliviac;— soy bretón tozudo y firme, y no he ingresado en las filas de los caballeros para retroceder como un chiquillo á la primera prueba. Incondicionalmente para lo que dispongan. Y de los otros pasajeros, ¿qué dicen?
— Es indispensable que ingresen á bordo antes ó después, pero con bastante diferencia de hora del pasajero también que va á emprender el viaje. No conviene ni que sepan que embarca.
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Soliviac inclinó la cabeza en señal de asentimiento.
Mientras esto pasaba abajo, arriba, en el número 8, Renato de Brezé anhelante tenía aplicado el ojo y el oído á la cerradura de la delgada puerta que servía de comunicación con el cuarto donde la risueña Kate había instalado á Volpetti. A oscuras el 8 é iluminado el 10, veíase perfectamente cuanto en éste ocurría.
El esbirro, sin desconñanza, procedía á atusarse: á un lado tenía la maleta cerrada, á otro el saco neceser de tocador abierto. Brosseur sacaba de él objetos varios. La mirada ardiente de Renato se sepultaba en el neceser, pero allí no podía guardarse el cofrecillo.
— ^Estará en la maleta— pensó.
Poco tardó en desengañarse.
Brosseur abrió la maleta, extrayendo de ella prendas de ropa, y como casi la vació, pudo verse que no contenía sino equipajes. Renato tembló al escuchar que Volpetti decía á Brosseur:
— ¿Está bien seguro aquello^
— No hay cuidado— contestó el otro esbirro,— no se aparta de mí.
Y señaló á un saquito algo abultado que llevaba pendiente de una correa cruzándole el cuerpo.
El marqués de Brezo se mordió los labios para no gritar. Empezaba á entrever su desquite; no sólo la apetecida venganza, Bino el rescate del precioso depósito. Tuvo que ahogar suspiros de alegría.
Su ojo derecho se pegaba á la cerradura; contenía su anhelante respiración, y el temblor de su cuerpo sacudía imperceptiblemente la hoja de la puerta. Amelia, inmóvil detrás de él, le tendió la mano, y Renato la apretó convulsivamente.
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Otro menos escarmentado que Renato, creyendo saber cuanto necesitaba, se retiraría de allí; pero el joven marqués tenía sobrexcitadas sus facultades y no se movió. Y bien lo avino: al poco rato la puerta del cuarto de Volpetti se abría, y entraba el capitán Soliviac, que venía á anunciar al señor conde de Keller cómo tenían pasaje él y su criado á bordo del Poliphéine y cómo el brick se dirigía á Dieppe, á menos que el señor conde tuviese especial interés en arribar á otro punto, en cuyo caso...
Soliviac desempeñaba á las mil maravillas su papel. Yolpetti cayó en el lazo; ajustó, ofreció una suma regular... Le intere-
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saba mucho desembarcar en el Havre, desde donde era fácil y breve el. viaje á París.
— ¡M PolipJiéme! — repetía para sí Renato. — ¡La Providencia no puede decirme con mayor claridad que ha resuelto entregarme á ese hombre!
Acorde ya con Soliviac y señalada para embarcar la hora de la marea de media noche, Yolpetti seguía tranquilamente , arreglándose, sin sospechar qué formidables enemigos se agitaban á su alrededor. Tan natural es en el hombre la conñanza, ' que hasta quien nació para espía, como aquel siciliano, alguna vez se ha de entregar á ella. Hay un instante fatal en que el resorte de la voluntad se afloja. Volpetti, dueño de los codiciados papeles, asegurado el regreso á Francia, creyó hallarse en vacaciones, y las órdenes que dio á Brosseur se refirieron á la lista de una comida suculenta, servida en su propia habitación. Por rutina tomó la precaución de añadir:
^— jCuidadito con lo que se habla en la cocina!
Entretanto, los dos carbonarios conferenciaban con Soliviac y le encargaban que embarcase, mucho antes de la hora fijada, á Volpetti, a los irlandeses y al marqués de Brezé. El primer viaje de la chalupa, ya anochecido, debía llevar á éstos y á liüi9 Pedro; el segundo sería para Giacinto y Volpetti. Soliviac mismo buscó al marqués de Brezé en su habitación, y le avisó que debían estar dispuestos él y las dos personas para quienes había solicitado pasaje.
— Convenido, capitán — respondió Renato, — por lo que respecta al señor y á la señorita O^Ranleigh; pero tocante á mí,