Misterio · Unidad 95 de 196

Unidad 95 · 244 MISTERIO

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Desde el embarcadero siguió con disimulo á Renato. La niebla, que comenzaba á espesarse, le favorecía. Por otra partenada tenia de sospechoso el hecho, toda vez que iban en la misma dirección. Al llegar á la posada, Renato, en vez de entrar en el bodegón, echó precipitadamente escalera arriba, Giacinto se detuvo en el rellano, atando cabos.

— La habitación contigua á la de Yolpetti es la que eso» irlandeses acaban de dejar vacía —pensó, recordando la distribución del piso, estudiada so pretexto de retozar con Kate. — No es verosímil que otros viajeros la hayan ocupado. Esperaré á que el marqués entre en el cuarto inmediato, que es el suyo, y después trataré de deslizarme ahí á oscuras; milagro seráque el ojo de la llave esté tapado con un papel. Yolpetti aquí no debe de andar precavido. Se creerá libre de toda asechanza...

Mientras echaba estas cuentas Giacinto, acababa Brezé de subir la escalera y empujaba la puerta de su cuarto. Ya iba el siciliano á deslizarse en el de los irlandeses; sólo tuvo tiempo de hacerse atrás y ocultarse en las tinieblas del ángulo del pasillo. Renato había vuelto á salir... sin botas, descalzo, andando furtivamente, mirando alrededor... y abriendo con suavidad la puerta de la habitación en que se había alojado Miss O'Ranleighy metióse en ella.

— ¡Lo que yo me proponía!... - murmuró para sí, estupefacto^ el caballero de la libertad.

Tan inesperado era aquello que Giacinto, resuelto come l)ooos, sintió una especie de miedo. El matemático ó el astr6 nomo que descubre en su cálculo más importante un error tran»

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<;eiideiital; el ladrón que al introducirse en una casa, creyendo hallar á los dueños dormidos, ve luz j oye ruido de voces; el general que se encuentra envuelto por fuerzas enemigas, deben üdvertir algo análogo á lo que nuestro siciliano experimentaba. Cerca de quince años hacía que, impulsado por un odio hirviente como la lava del Etna, se proponía consumar su venganza y cobrar á Yolpetti la sangre y los sufrimientos de seres muy queridos. La vida especial del esbirro, sus múltiples disfraces, sus viajes repentinos y secretos, le habían defendido; Oiacinto, solo, pobre, obligado á luchar para ganarse la vida como pintor adornista al temple, no hallaba ocasión favorable •de encararse con su enemigo. Al trabar amistades con Luis Pedro, al afiliarle éste en la Venta, el italiano sólo vio una perspectiva: vengarse de Yolpetti. Sus esperanzas crecieron cuando ingresó en el grupo de los caballeros de la libertad^ núcleo individualista dentro de la asociación de los carbonarios. Los caballeros auxiliaban todos á cada uno, siempre que no se tratase do empresas contrarias á los fines y resoluciones de la Venta. En cambio de esta ventaja personal, los caballeros eran siempre elegidos para trances peligrosos. Sin conocer esta especial organización de las fuerzas entonces revolucionarias no se comprendería la situación de Giacinto. Un poder formidable le ayudaba, transformándole de homicida por venganza en ejecutor de sentencia secreta. Y próximo ya á lograr cumplida satisfacción de sus añejos y perseverantes rencores, ¿cómo no alarmarse ante la impensada complicación cuyo alcance no podía medir? Media hora permaneció emboscado, aguardando á que Brezé

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saliese. Pero no acababa de ealir, y el puesto era en extremo peligrjso; podían pasar Kate, ó los camareros, ó algún huésped; extrañarían encontrarle acurrucado en aquel rincón. Giacinto ee enjugó la húmeda frente y se decidió á bajar al bodegón, donde pidió otro irasco de Chianti y un trozo de carne fría. Necesitaba restaurar sus fuerzas; comprendía que sus piernas flojeaban, que saltaba locamente su pulso. A medida que corrían las horas era mayor la alteración de su espíritu. Kate se acercó áservirle la roja lonja de buey y el empolvado fiasco, y al ponerlo sobre la mesa, maravillada del silencio de su adorador, le llamó la atención con una sonrisa provocativa y una frase picante.

— ¿Qué tiene usted? ¿Se le ha muerto algún pariente cercano? ¿Ha visto sobre el tejado la sombra del gato negro? — añadió aludiendo á una superstición local.

Giacinto, de mala gana, acarició distraidamente la gruesa mano de la moza.

— Oye — la dijo,— ¿sabes tú si se marcha ahora ese caballero francés que aposentó á los irlandeses?

— ¿Y á usted qué le importa? — respondió amoscada Kate, á quien no se le ocultaba la frialdad del gallardo siciliano.

—Más de lo que piensas — contestó Griacinto en voz á que procuró dar apasionados tonos.— Si él se va es que se marcha el buque que nos ha de llevar á los dos... y entonces, con gran desesperación mía, Kate... no pasaré la noche aquí. ¡Una noche bajo el mismo techo que tú, gloria divina!— añadió apoderándose del extremo de la trenza roja de Kate y deshaciéndola entre sus dedos.