Misterio · Unidad 96 de 196

Unidad 96 · MISTERIO 247

Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.

MISTERIO 247

La alegre muchacha se puso más encendida aún que de costumbre; jadeó un poco su aliento. El italiano la gustaba más de lo que ella misma creía, y subyugada no tuvo valor sino para murmurar, como quien se rinde:

— El caballero francés se marcha á media noche, y lo mismo el señor que ocupa el 10 y que ha traído su criado. Ya han pedido la cena y la cuenta. Pero... aquí no faltan embarcaciones. Si está usted cansado y deseoso de dormir tranquilamente. . . mañana encontrará las que quiera.

Giacinto, para mejor engañar á Kate, trocó con ella una expresiva mirada sin interrumpir la operación de desflecar la trenza, cuyos hilos cobrizos, olorosos á aceite de macasar, se le enredaban en las uñas. Luego, apurado el Chianti, subió á su cuarto, riéndose de la vanidad de las mozuelas; se echó el capote, se ciñó una faja y en ella aseguró dos pistolas; se terció la cartera, empuñó un bastón de estoque, caló el sombrero y, salienflo por la puerta de la calle, se iierdió entre la niebla.

EX. OüTJJIIDO

La cual era infinitamente más densa y húmeda que por la tarde, y envolvía como panal de gris algodón las calles de Dower, cuando á eso de las once y media Volpetti, seguido de Brosseur, tomó el camino del embarcadero, en demanda de la chalupa del Poliphnne, El criado cargaba la maleta y el necessaire; el amo, incapaz de fiar ya á Brosseur tal tesoro, oprimía contra el pecho, bajo las esclavinas del capotón, su precioso latrocinio, el cofrecillo que encerraba los documentos de Dorff.

MISTERIO 240

- Pisaba Yolpetti con precaución el terreno fangoso de la línea de muelles que no conseguían iluminar, rasgando el espesor de la niebla, los amarillentos reverberos. del alumbrado, semejantes á redondas pupilas de algfin buho enorme. Sus botas, llenas de barro, pesaban, y á través de las suelas sentía penetrar el frío de la encharcada tierra. Brosseur le seguía difícilmente, á tientas, agobiado por el peso de los dos bultos y gniñendo entre sí:

— ¿Dónde aguardará esa maldita chalupa? Ya podían habernos enviado un marinero que nos guiase...

Para no apartarse de su amo, dirigíase Brosseur por el ruido de las pisadas y el cnijido del cuero nuevo de las altas botas de campana. Hubo un momento en que sonó débil; luego cesó de oirlo; desorientado , se detuvo ; entonces resonó otra vez y más recio que antes; se acercó lo más que pudo: el de las botas iba á prisa. De improviso el de las botas se volvió, y el supuesto ayuda de cámara sintió cual si se le desplomase encima del cráneo una masa pesadísima; vaciló, y, soltando las maletas, cayó faz contra tierra, sin proferir más que una especie de ronco quejido, análogo al estertor del buey cuando lo acogotan <le un mazazo. El estrépito de la caída lo amortiguó la capa de lodo blando que revestía el suelo.

El marqués de Brezé— pues no era otro el que acababa de atacar á Brosseur— se inclinó sobre su víctima, descubriendo una linterna sorda y acercándosela al rostro, por el cual, fluyendo del abierto cráneo, se deslizaba un hilo de sangre. Tentó, desabrochó, registró afanosamente el pecho del polizonte; en el