Misterio · Unidad 97 de 196
Unidad 97 · 250 MISTERIO
Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.
250 MISTERIO
bolsillo del lado izquierdo encontró un manojo de llaves. Con ellas abrió las maletas. No contenían sino ropa y objetos de tocador. Entonces, con precipitación febril, despuóe de menear á. Brosseur para cerciorarse de que estaba sin sentido y no daba señales de recobrarlo, Renato se incorporó y apresuró el paso hacia el embarcadero, hacia el cual se dirigía sin duda Volpetti.
Momentos después, un hombre de arrogante apostura, que se deslizaba á paso de fantasma á través de la niebla, tropezó con el cuerpo inerte de Brosseur y masculló una exclamación.
— ¿Qué es esto? — murmuró. — ¿ün cadáver?
Sacando chispas de su eslabón, encendió mecha, y pudo reconocer al esbirro, que respiraba todavía.
«-"{Famoso golpe! — exclamó el italiano— y es obra del marqués. Le ha partido la cabeza como quien parte una sandía. Lo que no sabe ese caballero que nos coge la delantera es rematar la suerte. Si pasa cualquiera y encuentra aquí á ese can, y sus maletas abiertas, y todo desparramado, da la alarma al vecindario, creyendo que se trata de un robo. ¿Y por qué realiza el marqués estas proezas? ¡Dios mío! ;Qué razón tenía Luis Pedro! ¡Qué bien adivinó que no se trataba solamente de amores I En fin, al caso... Ea, amigo esbirro... bueno es que los precavidos vengan después de los inexpertos.
Durante este monólogo, revelador de lo mucho que todavía le faltaba al marqués de Brezé para habérselas con gente ducha en golpes de mano, Giacinto, medio á oscuras, recogía en las maletas los objetos esparcidos y las cerraba con sus hebillas.
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Luego, con precauciones— porque la niebla era tan compacta que exponía al peligro de un paso en falso el acercarse al malecón resbaladizo, —columpió las maletas en el aire y las arrojó al mar, que rugía con tumbo ensordecedor, azotando las negras piedras j enviando su espuma á romperse y desmoronarse sobre la línea del dique. Acercóse en seguida al esbirro, que, embargadas sus facultades, continuaba sufriendo los efectos del porrazo, y trató de hacerle rodar hasta el borde mismo del malecón.
— jCómo pesa el tunante!— suspiró Griacinto.— ¡Y qué fortuna, esta niebla y esta marejada ruidosa y ensordecedora! ¡No faltaría sino que algún vecino desocupado nos atrapase con las manos en la masa!
Al mismo tiempo bregaba para mover el cuerpo rechoncho, pesadísimo, cuya cabeza ensangrentada se balanceaba y se hundía en el fango. Aunque el siciliano era robusto y forzudo, un sudor de angustia inundó su piel al notar que no conseguía alzar del suelo, donde se había atascado en el barro desleído y pegajoso, aquella masa humana. Hizo un esfuerzo supremo y la sintió que cedía, que se ponía en movimiento por decirlo así; animado redobló el impulso , y arrastró á Brosseur hasta la orilla. Pero no había contado con la velocidad adquirida, inevitable: presa de un vértigo , se vio precipitado á las olas. CHacinto era italiano, y á pesar de carbonario católico y gran devoto de la Madona; se encomendó fervorosamente á ella y cejó hacia atrás. Sus pies se hincaron en el cieno; esto le salvó. El tronco semivivo de Brosseur, cediendo á su propio peso, se deslizó lentamente por el filo del malecón, y con pesada caída