Misterio · Unidad 98 de 196
Unidad 98 · 252 MISTERIO
Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.
252 MISTERIO
hizo rebotar el agua, que llegó á cubrir de salpicaduras de espuma á Giacinto...
El siciliano, con el corazón palpitante, se persignó. ¡El peligro había pasado! En su frente, la salpicadura de agua de mar se mezclaba con el sudor de la congoja.
— Santa Madona, ¡gracias! — balbuceó respirando ampliamente, libre de sus terrores.
Entonces se acordó de lo que durante la brega había olvidado. ¿Y qué sucederá en el embarcadero? ¿Qué será del marqués? ¿Qué de Yolpetti?
Como aguijado por la incertidurabre, Giacinto se hundió en la niebla, siguiendo la línea del muelle. Renato le llevaba delantera. El crujido de sus botas, que había engañado á Brosseur, puso á Volpetti desde el primer instante sobre aviso. La honda cautela del esbirro, olvidada algunas horas, habíase despertado de súbito, merced á ese instinto profesional que forma segunda naturaleza. Su exquisita suspicacia pareció avisarle, de un modo vago, que tenía cerca el peligro. No le sería fácil explicar por qué, pero, al apretar el cofrecillo contra el pecho, cercioróse de la presencia de un puñal, y, en el cinto, del bulto de las pistolas, compradas, por cierto, en Londres.
Aunque el instinto tuviese en esto mucha parte, también la razón velaba en Yolpetti y le advertía de dos hechos: primero, la desaparición de Brosseur, á quien no se atrevía á llamar, pero á quien buscaba en medio de la niebla. No encontrarle inquietó al esbirro; pero aumentó su preocupación oir detrás crujido insistente de cuero, que respondiendo al de sus propias
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botas sonaba de continuo, á pesar del ruido formidable de la marejada. Yolpetti presentía que alguien le iba á los alcancjes; «lue era seguido, hasta acosado. Lo solitario del lugar, lo tardío de la hora, lo intranquilo de su conciencia, todo contribuía k infundir en el ánimo del esbirro temor indefinible.
— jBrosseur!— se atrevió á silabear.— ¡Eh, Brosseur, galopín!
Nadie le contestó; el crujido proseguía cada vez más cerca, al lado casi de Volpetti... Una especie de resuello ardiente, de amenaza y odio, abrióse paso por entre las gasas tupidas y frías de la niebla, y antes que el esbirro tuviese tiempo de ponerse en guardia, un choque violento, un palo en un hombro le alcanzó. Sin embargo, hallábase prevenido; oprimió con el brazo izquierdo el cofrecillo y con la diestra sacó una pistola que montó, tratando de dirigir el cañón del arma hacia donde supuso que su agresor podría encontrarse. Sin darle tiempo á apuntar, ni siquiera á disparar á bulto, un hombre joven, ágil como un leoncillo, surgió, se abrazó á él y le estrechó violentamente, oprimiéndole las costillas hasta quitarle el respiro. Anhelante, Volpetti se defendía y procuraba hurtar el cuerpo y resguardar el cofre. Había reconocido, sin verle, al marqués de Brezé, y comprendía, en medio del aturdimiento y el vértigo de la lucha, que el objeto del ataque no era sino recobrar los documentos. El vigor de Renato, al fin, prevaleció, y el mozo, arrancando al esbirro la pistola, se la apoyó en la sien, diciéndole con voz ronca:
— Suelta el cofre que has robado, bandido, ó te abraso los sesos.
Volpetti aparentó hallarse subyugado. Había caído sobre un*