Moral social · Capítulo real 21 de 32
CAPITULO XXV
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CAPITULO XXV
ENLACE DE LA MORAL COS LA POLÍTICA
No hablemos de la política teórica: le basta ser una rama del derecho para estar ligada á la moral: ya lo hemos visto. Hablamos de la política activa, del continuo aplicar el derecho á las formas del vivir social, del continuo ludir de poderes con derechos en la lucha continua por el poder.
La ineficacia de la moral en la política se ha convertido en regla de conducta universal. En los países poderosos y en los débiles, en las viejas nacionalidades y en las naciones recién nacidas.
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«uando el Estado está fundado en tradiciones, lo mismo que cuando es guiado por el derecho; si el objetivo de la política nacional es la prepotencia internacional, ó si la insuficiencia de medios y recursos reduce la política á querellas de caudillos, en todas partes está la política tan divorciada de la mopal, que es una prueba de incapacidad política el mostrarse inclinado áser moral.
A excepción, en Europa, de aquellos países en los cuales la adherencia de los grupos sociales es por sí sola una fuerza moralizadora, en todas las demás es necesariamente corrompida y corruptora la administración pública.
A excepción, en America, de' aquellas sociedades fundadas en la tradición jurídica de los anglosajones, y de dos ó tres de origen latino que han reaccionado vehementemente contra la desorganización del coloniaje, las restantes son organismos corroídos.
En todas partes, además de la grosera sujestión del egoísmo que establece entre la moralidad pública y la privada la independencia que le conviene, operan las mismas causas: de una parte, el poder absorbente del Estado unitario; de otra, la insuficiencia jurídica de la organización social.
El Estado unitario es corruptor de nacimiento. Todo Estado unitario, en cualquier tiempo, espacio y forma de gobierno, es siempre personal: el Estado es el jefe del Estado. Y como absorbe la iniciativa de los organismos provinciales y municipales, sustituye con la ley de su voluntad la autonomía de esas sociedades: de aquí la desor-
ganización, y de ésta la corrupción. Dispone de la fuerza pública, y con ella corrompe por miedo ó por soborno. Dispone de todos los empleos, y con ellos corrompe por soborno ó por miedo.
MOBAI. SOCIAI.
El derecho entra á veces por tan poco, y la tradición semi-feudal entra por tanto en la organización social, que, uo obstante la revolución francesa, una inmensa porción de tierra europea, en vez de ser propiedad del trabajo, lo es del ocio, y una considerable porción de los beneficios del trabajo va á manos del capital voraz, en vez de ir á, mejorar la vida del trabajador. De aquí la guerra económica que se exaspera en proporción á la indiferencia, la torpeza ó las provocaciones del Estado, representado por satisfechos, por imprevisores ó por timidos que, lejos de afrontar con el derecho el problema social, lo que sería empezar á resolverlo, se esfuerzan en eludirlo y aplazarlo, lo cual es aumentar las causas de inmoralidad que frecuentemente se manifiestan en explosiones criminales de los que exigen, y en criminales represiones de los que se niegan á las exigencias del proletariado.
Verdad es que, al par del espectáculo inmoral de los políticos, ofrece Europa el espectáculo s y de los sociólogos, que, sepitahstas y fabricantes inteliitropos y por asociaciones ge- 1 planes fundados en ciencia y ipiauden los experimentos efe tuse, Berlín , y convergen , con lados, al orden y á la moral. ueden bastar para contrarrestar igna de lop instintos, pasiones, s, las predicaciones de los pensabas de cooperación industrial y itrucción de casas, de barrios y obreros y la participación conen las ganancias á que contrier agente de producción, el es-
tado moral de las sociedades en donde la propiedad no es del trabajo, y en donde el fruto del trabajo no es proporcional, para el trabajador, al estuerzo que hace y al beneficio que produce, es necesariamente disolvente. No todos los estadistas europeos se guian por la inmoral indiferencia que distingue entre la moralidad privada y la pública; pero los estadistas verdaderos son tan pocos en el mundo, que actualmente no hay en ETuropa más que uno, y no es Bismark, En cambio son muchos los que, como este funesto afortunado, no ven en. la política más que el arte de utilizar el poder contra el derecho, y como de esos es el formar escuela, cuanto más triunfan ellos, más triunfante se muestra la doctrina que divorcia de la moral á la politica.
Es claro: si los dos Napoleones no necesitarou de ninguna moral para tener á sus pies á toda Europa; si Alemania, para ser una, no hubo menester de un justo, y con un simple artero le bastó. para imponer su voluntad á Europa, nada tiene que ver la moral con la política.
Nada tiene g^ue ver á los ojos de los deslumbra^ dos por esos ejemplos en Europa; nada tiene que ver á los ojos de los que en América ven con ad-. miración que el personalismo cínico hace poderosos y potentados á ridículos imitadores de esos modelos repulsivos, pero á los ojos del que ve la realidad se presenta como evidente la relación que enlaza 4 la moral con la politica.
La realidad es que siendo el arte político un derivado de las ciencias que tienen por objeto el estudio del orden social y del orden jurídico, que directamente se basan en el orden moral, el arte tiene que buscar sus reglas en donde buscan sus leyes las ciencias de que emana. Y no hay más
■que decir: coa eso basta. Sólo á ignorantes absolutos ó á consumados hipócritas ha podido ocurrir la idea de separar lo que es inseparable por naturaleza, y de quitar, al arte de ponderar el poder con el derecho, la dignidad que le da su origen. Política sin moral, es indignidad: cualquier juego ■de azar, siendo tan indigno como es el juego, es más digno que la política divorciada de la moral, porque, al menos, en sus lances repugnantes no aventura más moralidad que la del jugador y sus cómplices. Pero el político inmoral aventura con su ejemplo la moralidad pública y privada de su patria.
Faltando á todos sus deberes los que usufructúan el poder, faltan al suyo cuantos tienen alguna dependencia del Estado, y la sociedad, que es víctima de esas faltas, empieza á cometerlas
y resguardarse, y concluye por cometerlas por la costumbre adquirida de incurrir en ellas. Asi es como, poco 4 poco, y sin pensarlo, ni quererlo, ni sentirlo, van los pueblos, guiados por la política indiferente á la mora!, perdiendo uua por una sus virtudes, sus cualidaues y su carácter; así es como las familias van en ellas, perdiendo, sin notarlo, la dignidad de su fin social, la afinidad de sus elementos, la pureza de «US costumbres, la grandeza de su institución; así es como los individuos van, sin advertirlo, perdiendo el decoro, la dignidad, la veracidad, la firmeza, la lealtad, y convirtiéndose en momias semovientes que er^ñan hasta con el aparato de una personalidad y de una vida que no tienen .