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Unidad 19 · LAS BORLITAS DE MINA
Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.
LAS BORLITAS DE MINA
LAS BORLITAS DE MINA
(narración histórica)
N Febrero de 1811 puso á precio el mariscal Suchet las cabezas de Mina y sus dos lugartenientes. Seis mil duros ofrecía por la del jefe guerrillero, cuatro mil por la de su segundo D. Gregorio Cruchaga y dos mil por la de Górriz ó cualquiera otra de los jefes que le igualasen.
Ardía entonces en su mayor furor la tan bien llamada guerra de la Independencia, y Navarra, como todo el resto de España, era teatro de sangrientas crueldades por parte de los invasores, y atroces represalias por parte de los agredidos.
Los ancianos recordaban con pesar la profética resistencia del Conde de Gages, Virrey de
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Navarra, a la construcción de las calzadas y caminos reales de Francia, que en su tiempo comenzaron á trazarse.
— Hacia el lado de Francia — decía el Virrey,— más os valiera levantar murallas de bronce.
El general Reylle, gobernador intruso de Pamplona, procuraba sobre todo exterminar la división navarra que mandaba Mina, como comandante general de las guerrillas, por nombramiento de la Regencia del Reino.
No daba Reylle cuartel á ningún soldado navarro: llevábase en rehenes á sus padres y parientes, y más de una vez, aquellos pacíficos labriegos, transformados por la crueldad y perfidia de los invasores en leones feroces, encontraron pendientes de los árboles los cadáveres de sus deudos más amados.
En Noviembre de 1811 apoderóse Reylle en Idocin de una hermana y dos cuñados de Mina, y amenazó al guerrillero con dar á los tres la muerte, si al punto no deponía él las armas y se retiraba humilde á su casa.
A tan horrible propuesta, contestó Mina con su famoso edicto del 14 de Diciembre, declarando guerra á muerte y sin cuartel á todo francés, sin distinción alguna, ni aun de su Emperador mismo, y ordenando que cuantos franceses
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cayeran prisioneros, fuesen ahorcados y colgados en los caminos públicos, con sus correspondientes uniformes, insignias y notas de filiación.
— Por cada oficial español que fusilen, — decía el edicto, — fusilaré yo cuatro franceses, y por cada soldado, veinte.
Y como lo dijo lo cumplió el feroz caudillo navarro, hermano, más bien que jefe, de los valientes que capitaneaba. Porque no era entonces Mina el general D. Francisco Espoz y Mina, tan discutido años más tarde por carlistas y cristinos, héroe para unos, monstruo para otros, y solo para todos valeroso militar y táctico sin estudios.
Era Mina en aquella época el guerrillero hijo del pueblo, sin más ambición que la de matar franceses, alegre, sencillo, ignorante, que creía como artículo de fe, aquella copla que aprendió de mozo en sus rondas de Idocin, y en su destierro de Cambó repetía de anciano:
San Luis, Rey de Francia, es, El que con Dios pudo tanto, Que, para que fuese santo Le dispensó el ser francés.
Para el Mina de 1 8 1 1 , como para tantos otros españoles de su época, no había otro criterio, ni otro punto de partida, que el dicho de don Juan Solarno, consejero de Felipe V: