Nuevas lecturas · Unidad 23 de 74

Unidad 23 · 74 NUEVAS LECTURAS

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cito. Apremiado por el mismo Cruchaga, contestó con donaire:

— ¿Las borlitas?... ¡Huy!... Hacen marica. Perdida entonces toda esperanza de encontrar una sola víctima, mandó Mina diezmar el batallón, y que fuesen pasados por las armas los reos al amanecer del día siguiente.

Sucedía esto en Mendigorría, adonde pasó Mina desde Zalduendo después de la derrota de Masena. Habíase unido mientras tanto á la división de Reylle, por orden de Suchet, la de Caffarelli, en Puente la Reina, y ambas se aprestaban á caer juntas sobre Mina, con el fin de aniquilarle por completo. Tuvo este aviso de que Reylle se encaminaba ya á Tafalla, y determinó apostar su gente en el Carrascal, para salirle al encuentro.

Mas primero, emprendida ya la marcha una hora antes del amanecer, mandó formar el cuadro á la salida del lugar, frente á la ermita de Nuestra Señora de Andión, para que fuese allí cumplida la sentencia dada la víspera.

Esperaba aún Mina alguna señal de debilidad, alguna muestra de arrepentimiento que le sirviera de pretexto decoroso para otorgar un perdón, que ansiaba conceder como hombre y como caudillo, deseoso de economizar, en momentos en que tanta se derramaba, aquella san-

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gre valerosa que iba á desperdiciarse inútilmente.

Mas los reos, confesados ya, pálidos como el que va á morir, pero serenos como el que no teme á la muerte, se adelantaron en silencio, sin gesto ni ademán alguno de temor, de arrepentimiento ni protesta.

Más azorado que ellos Mina, revolvíase sin cesar en su caballo, entraba y salía en el cuadro por diversos puntos, y miraba con angustia á todos, jefes, oficiales, soldados y aun paisanos mismos, buscando, no ya una muestra de debilidad ó una palabra de arrepentimiento en los reos, sino una frase de intercesión, una mirada de súplica en cualquiera que fuese, á que pudiera contestar él con el perdón que le subía de las entrañas y pugnaba por salir de sus labios.

Mas la inmovilidad era tan completa, como si helase á todos el soplo de la muerte; el silencio tan profundo, como si se sintiese ya en el aire su fúnebre aleteo.

Los sentenciados, prontos á morir, callaban; y el diezmado batallón navarro presentaba las armas á sus compañeros, como si les hiciese los honores de la eternidad, en silencio, cerrando los ojos para no ver, pero sin abatir ni humillar las erguidas cabezas.