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Unidad 26 · FABLAS DE DUEÑAS 83
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FABLAS DE DUEÑAS 83
por menudo y en gran secreto cumplida cuenta del hecho.
Mas el Conde Diego Díaz descargóle por toda respuesta una recia coz, y añadióle también un muy fiero golpe de plano con la tizona, gritando mohino y altanero:
— Non doblan fablas de dueñas, la mía espada lobera.
Salió, en efecto, de León la Reina D.a Berenguela muy de madrugada, sin que amigos ni enemigos percatasen su marcha. Cabalgaba en una muy poderosa muía, con gran caparazón de jerga de luto y arreos más bien fuertes
los grandes, y el truhán le dixo: — Señor, el comer que aveis de comer, es que miréis bien esta ciudad que nuestro Señor vos dio. — Y el Rey le dixo: — Yo la miro muy bien, y él sea por siempre loado, que tanta merced nos fizo en la ganar.— Y el truhán le respondió: — Señor, yo vos la mostraré mejor. — E mostróle los pendones de todos los ricos homes y Concejos que allí estaban é cuanto tenian de la ciudad, y entonces dixo el Rey: — Si Dios me vala mucho, no me partiré de esta ciudad. — Y el truhán le respondió: — ¿Si agora que están aquí Castilla y León, non está poblada Sevilla, cómo piensas tú partirte de ella y dexar quienes la pueblen? Dígote que si de aquí te partes una vez, nunca en ella tornarás. — A esto dixo el Rey: — Siempre oí decir que los locos saben á veces buenos consejos; é desde aquí prometo á Dios de nunca volver á Castilla, é aquí quiero facer mi sepultura. — E así quedó el Rey D. Fernando en Sevilla, fasta que murió é la fizo poblar muy bien de gentes de diversas partes de España».
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que ricos. De luto eran también el brial de la Reina, el monjil, el capirote, y hasta los guantes de cuero, muy finamente adobados en negro.
Frisaba ya D.a Berenguela en los sesenta años, y era, según Lupián Zapata la pinta, de muy gallarda estatura y abultada de pecho. Tenía proporcionado rostro, entre blanco y rojo; los ojos grandes y garzos, la nariz algo afilada, la frente preñada, pequeña la boca, la garganta larga, castaño el cabello, y el porte sereno y majestuoso (1).
Cabalgaba a su lado, en puesto de honor, un viejo muy venerable, que parecía por sus arreos mitad guerrero, mitad prelado, y no era otro sino el gran Arzobispo de Toledo D. Rodrigo Jiménez de Rada, que fué siempre leal consejero de la Reina, como lo había sido de su padre Alfonso el Noble, y lo fué de su hijo Fernando el Santo (2).
(1) Lupián Zapata hizo esta descripción á la vista del retrato de D.a Berenguela pintado en tabla, que con gran veneración se conservaba en su tiempo en el coro del Real Monasterio de las Huelgas de Burgos.
(2) Fué el Arzobispo D. Rodrigo natural de Puente de Rada, en Navarra. Estudió en París; pasó del Obispado de Osma al de Toledo, y promovió en Francia la Cruzada de las Navas de Tolosa, á cuya batalla asistió con el estandarte de su iglesia. En el cuarto Concilio general lateranense pronunció una oración latina, defendiendo la primacía de la iglesia de Toledo, contra las de Braga y Santiago; cuya oración tradujo al día siguiente en italiano, tudesco,