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Unidad 29 · FABLAS DE DUEÑAS 89

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FABLAS DE DUEÑAS 89

cuartanas que le tenían tullido. Mas no le sufrió el ánimo no recibir á la Reina, y mandóse llevar en una escalera por el lado del rebellín de adentro, y bajo el arco mismo de la puerta de las Huertas la hizo su acatamiento.

Hospedóse la Reina en el alcázar, que era muy capaz, y ocupaba el mismo sitio y extensión del castillo que hoy existe. Mas la sorpresa del viejo Sancho Yáñez fué grande, cuando tomando la Reina para sí las cuadras más modestas del alcázar, mandó reservar la torre toda del Homenaje y las tribunas de la parroquia primitiva de Nuestra Señora, que entonces existía, para un huésped más digno que al día siguiente esperaba.

Mandó también dar un pregón en la villa, para que los vecinos todos toldasen al día siguiente las fachadas de sus casas, y las alumbrasen de noche con antorchas, cirios y faraones.

Encendiéronse ya estas luminarias desde aquella misma noche, y no pocos valencianos la pasaron desvelados, haciendo cabalas y forjando fantasías sobre la venida á Valencia de D.a Berenguela en tiempo de tantas revueltas, y la llegada de aquel huésped misterioso que la misma Reina consideraba más digno.

Sospechóse á la mañana que el tal huésped vendría de Portugal, porque al romper el alba se

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apostaron atalayas desde la puerta que llaman ahora de San Francisco hasta el río Sever, que era y es hoy la frontera, y redoblados también los vigías de la muralla, no desamparaban el adarve que hacia Portugal mira.

Y sucedió, en efecto, que muy pasada ya la hora de nona, sonó por tres veces la bocina del vigía de la torre del Homenaje, y las campanas todas de la villa comenzaron á tañer, y el pueblo entero se lanzó á las calles, y salió á la campiña por la puerta de San Francisco, con el alcaide y la clerecía al frente.

Salió también del alcázar la Reina D.a Berenguela con toda su comitiva, y pasó el rastrillo y esperó allí á pie quieto, una pequeña cabalgata que del lado de Portugal se acercaba. Veíasela á lo lejos envuelta en ligera nube de polvo, y era muy lindo de ver el golpe de los blancos pendoncillos de las lanzas que el viento tremolaba. Venían como hasta una veintena de jinetes muy bien armados, y parecían custodiar unas andas cerradas con cortinillas de jerga, puestas de través sobre una acémila.

Llegóse D.a Berenguela hasta las andas mismas con los Prelados, dueñas y ricos-homes, é incorporóse entonces en ellas, como del fondo de un ataúd, una dueña muy decrépita, con el áspero y negro sayal de la Orden de San Benito.