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Unidad 35 · FABLAS DE DUEÑAS IOI
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FABLAS DE DUEÑAS IOI
Traía el bendito Santo la faz muy airada, y con severas razones reprendió al Conde su atrevimiento, y tocándole en los riñones con un báculo que traía, desapareció á la postre, sin que hubiese en toda la 'cuadra puerta, ni ventana, ni resquicio alguno abierto.
Quedó desde aquel punto el Conde D. Diego Díaz reciamente atormentado de dolores, muy en particular de los ojos, que parecía como si se los arrancasen de la cabeza. Y como en dos días seguidos no encontrase alivio ni reposo, aconsejóle su madre, la noble Condesa doña Sancha, según refiere el Tudense, que pidiera perdón al Santo del gran desafuero que había cometido, tomando por armas su iglesia.
Hízolo así Diego Díaz, y ante el sepulcro del Santo, juró sobre los Evangelios que sería en adelante caballero y vasallo de San Isidoro, y luego fué restituido á sanidad. Lo cual, con ser tan gran milagro, no lo fué tanto como el que un tan porfiado caballero cediese por primera vez en la vida y abandonase por esto la parcialidad de las Infantas, para prestar obediencia al Rey D. Fernando.
Mientras tanto, celebraban las dos ancianas Reinas en Valencia nuevas pláticas y acomodamientos, y al tercero día, que fué martes, convocados en la gran sala del alcázar cuantos
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Prelados y ricos-homes habían acompañado á las Reinas, y cuantos por hallarse cerca pudieron á más allegarse, declaró ante todos con gran solemnidad y señorío la Reina D.a Teresa, que renunciaba en nombre de sus hijas á los derechos á la corona de León, que pudiera dar á estas el testamento de D. Alfonso IX, su muy llorado padre de ellas.
Otrosí dijo, que por sí y por sus hijas se comprometía también á sosegar el celo de sus parciales y reducirlos á la obediencia de D. Fernando, como ya lo había hecho el Conde don Diego Díaz, caudillo el más temido de todos, por lo tenaz y por lo fiero. Cosa esta que pareció gran maravilla á cuantos la escucharon, pues solo por revelación del cielo podía saberlo entonces la santa Reina.
Mas no se quedaba atrás nunca el gran corazón de D.a Berenguela en generosidades y noblezas, y á estas razones de la de Portugal, contestó ella comprometiéndose en nombre de su hijo, á dotar á cada una de las Infantas doña Sancha y D.a Dulce, en treinta mil doblas de oro anuales, para cuyo pago se habían de hipotecar las rentas de doce lugares, en que podrían poner las Infantas justicias y recaudadores de tributos.
Mimáronse estas estipulaciones á 1 1 de Di-