Nuevas lecturas · Unidad 38 de 74
Unidad 38 · 1 12 NUKVAS LECTURAS
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I )iscurría I). Antonio Azlor por todas partes, dando acertadas disposiciones en los sitios en que mayor fué la ruina, hasta que un tropel de gentes que huía sin tino, pidiendo á grandes voces auxilio, arrastróle á su pesar por el estrecho callejón del Tinte hasta el convento de San Francisco, situado en el terreno que ocupa hoy la plaza de Mina, donde los frailes habían expuesto el Santísimo Sacramento.
Entró D. Antonio en el templo á sosegar la multitud con su presencia, y arrodillado ante el Santísimo, hizo voto á San Francisco de llevar todos los días de su vida el cordón de su orden, si sacaba en bien á la ciudad de tan tremendo peligro.
Sosegáronse al cabo los ánimos en lo posible, viendo que el suelo ya no temblaba y que todo el estrago habíase reducido á la ruina total de algunas casas ya ruinosas.
Mas á deshora, en sazón de hallarse claro el horizonte y el viento en calma, retiróse el mar precipitadamente, con grandes mugidos y de modo extraño y temeroso...
Cundió de nuevo el espanto, aumentado por lo nunca visto del caso, y llegó á convertirse en vértigo, cuando vieron á poco volver sobre Cádiz las altas y furibundas olas, con tal empuje y braveza, que amenazaban arrancar de
LA VIRGEN DE LA PALMA 113
cuajo la atrevida ciudad, que pareció siempre desafiarlas, como una blanca gaviota posada sobre un peñasco.
Entró el mar por la Caleta, arremetiendo con tal fiereza, que deshizo por completo el lienzo de la muralla que le hacía frente. Tornóse entonces el terror en locura; salvábanse los más serenos en las altas azoteas; corrían casi todos por las calles sin tino; agarrábanse muchos al primer fraile ó sacerdote que encontraban al paso, y confesábanse á toda prisa en el umbral de una puerta, sentados en un guardacantón ó en las cureñas de los cañones de la muralla.
La gran masa de gente, atropellándose en confuso tropel y lanzando desesperados alaridos, cargó sobre la puerta de tierra, con intento de escaparse á la Isla, siguiendo el arrecife.
Mas D. Antonio Azlor, temiendo con previsora prudencia, que los dos mares se juntasen por la carretera y pereciese en esta toda aquella multitud espantada, mandó cerrar las puertas para impedir la salida, y mandó también hacer gran provisión de barricas de alquitrán y hachas de viento, para que si el terremoto y las embestidas del mar repetían aquella noche, se iluminasen las calles y no viniera á aumentar la catástrofe el horror de las tinieblas.
Arremolinóse el gentío en la puerta de tierra,