Nuevas lecturas · Unidad 39 de 74
Unidad 39 · 114 NUEVAS LECTURAS
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114 NUEVAS LECTURAS
amenazando con grandes gritos de furor echarlas abajo. Mas no cejó D. Antonio un punto en su cautela, y con enérgica y prudente persistencia, mandó á los granaderos del regimiento de Soria calar las bayonetas y resistir á aquellos infelices, que espantados por un peligro que veían, corrían á buscar una muerte que divisaban bien cierta los serenos ojos de la prudencia.
Unos treinta, entre hombres y mujeres que lograron escapar antes de cerrarse las puertas, perecieron en efecto anegados al juntarse los dos mares sobre la carretera con pavoroso estruendo, y vióseles desde la muralla elevarse acá y allá en las crestas de las olas, y hacerse trizas contra las rocas, ó desaparecer de la vista, mar adentro, luchando con la agonía.
Mientras tanto, subía el agua por el barrio de la Viña, midiendo ya en algunos parajes cuatro varas de altura, y entrando hasta la mitad de la calle de la Palma. Corrían de una á otra parte sin tino las gentes, locas de terror, y rechazadas en la puerta de tierra por las bayonetas, y huyendo de la furia del mar que amenazaba tragarlo todo por el lado opuesto, replegábanse hacia el convento de Santo Domingo, donde habían expuesto á la patrona de la ciudad, Nuestra Señora del Rosario, con el rostro vuelto hacia la bahía, y ante la sagrada imagen caían
LA VIRGEN DE LA PALMA 115
todos de rodillas, pidiendo á voces confesión y clamando á Dios misericordia.
Celebraba un fraile la santa Misa en la capilla de la Palma, cuando el tremendo empuje del mar rompió la muralla y entraron por la Caleta las aguas: los alaridos de espanto de la muchedumbre que se refugiaba en la iglesia, y los temerosos mugidos del mar que rápidamente se acercaba, advirtiéronle el peligro.
Mas no perdió el fraile un momento su sosiego: con religiosa pausa terminó el santo Sacrificio, y cogiendo después el estandarte de la Virgen de la Palma, salió por la calle abajo, seguido de inmenso pueblo, al encuentro de las aguas: llegaban ya éstas á la mitad de la calle, y el pueblo se detuvo aterrado á los lejos, cayendo de rodillas, mudo de espanto, poseído de ese estupor inmenso que precede siempre á las terribles expectaciones.
Adelantóse entonces el fraile, solo en medio de aquel horrendo silencio, y avanzó hasta mojarse los pies en las saladas aguas: una ola se retiraba entonces, dejando empapada la tierra, y en aquella línea mojada clavó el fraile de un golpe el estandarte de la Virgen, clamando con recias voces:
— ¡Si eres Madre de Dios, no pasará de aquí el agua!...