Nuevas lecturas · Unidad 42 de 74

Unidad 42 · 124 NUEVAS LECTURAS

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124 NUEVAS LECTURAS

tiagudas torrecillas que no abate ni destruye el peso de los siglos, y en último término, como fondo del cuadro, el mar alborotado y fosforescente, extendiéndose hasta el Machichaco, que cierra en parte el horizonte, como una compuerta eutreabierta... Franqueado el enorme y oscuro zaguán y la ancha puerta interior de dobles hojas, que adornan sendas coronas ducales, la decoración varía por completo... Un patio de mármol alegre y espacioso como los más renombrados de Sevilla, salones enfilados que recuerdan todavía recepciones regias, cuadros de valer, muebles primorosos, retratos de ilustres abuelos, criados silenciosos y correctos, ágiles sin precipitación, previsores sin importunidad; todo el lujo, en fin, sobrio, serio y rico de los magnates pasados, con todo el sibarítico confort de los presentes.

Nadie esperaba mi llegada, pues mi prisa en salir de San Sebastián me impidió avisarla, y sorprendí á los señores de aquella casa, reclinada ella en su chaise-longue por hallarse indispuesta; engolfado él en sus periódicos extranjeros por ventilarse entonces en éstos cierto ruidoso proceso. Hallábanse también allí los dos hijos más jóvenes de aquellos ilustres señores, y los dos mayores, P** y X**, estaban en un baile que daba aquella noche el Embajador

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de Alemania, lo cual fué quizá la causa y el comienzo de mi espantable aventura.

Duró nuestra alegre y cariñosa plática hasta muy cerca de las doce, y á esta hora retiréme yo á las habitaciones que me habían destinado, dispuesto á esperar á los dos ausentes; pues debiendo yo madrugar mucho, y acostumbrando ellos á hacerlo muy poco, no hubiera podido verles de otro modo sin causarles molestia. Amábales yo en extremo é inspirábanme ambos ese interés como de cosa propia, que despierta la juventud en la edad madura cuando ésta ha presenciado y seguido paso á paso en aquella el largo, misterioso y difícil desenvolvimiento que lleva de una niñez llena de encantos, á una juventud irreprochable llena de esperanzas.

No habían llegado aún á este rincón de Guipúzcoa los modernos resplandores de la luz eléctrica, y á la de una enorme lámpara de bronce púseme á despachar los rezos del día siguiente, una vez instalado en mi cuarto. Era éste una gran pieza cuadrada, muy alta de techo, precedida de un salón aún más extenso todavía que atravesé yo distraídamente sin sospechar siquiera la temerosa sorpresa que entre sus muros azules me aguardaba. Tenía mi cuarto una gran puerta á este salón azul, abierta de par en par entonces: en el fondo un balcón que daba al