Nuevas lecturas · Unidad 44 de 74
Unidad 44 · 128 NUEVAS LECTURAS
Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.
128 NUEVAS LECTURAS
era un apuesto caballero del siglo xvi, rubio y de fisonomía triste y antipática, con justillo recamado de oro, gola no exagerada y cadena de oro al cuello con una medalla de Carlos V que le caía sobre el pecho. El de la izquierda me dio, sin saber porqué, malísima espina. Era una señora viejísima y muy fea, de boca hendida como la de una culebra, vestida con el hábito de las monjas de Santo Domingo: hallábase sentada en un gran sillón de vaqueta, con las armas dominicanas, y otro escudo nobiliario de muchos cuarteles brillaba en el ángulo derecho del cuadro. Tenía en la mano una pluma, y papeles y libros al lado, sobre una mesa. Repito que desde el momento en que la vi, púsoseme la tal señora monja entre ceja y ceja.
Reinaba ya el más profundo silencio en todo el palacio y solo se oía en el cuarto azul el acompasado correr de las tres fuentecillas del parque. Asómeme un momento al balcón, que era el primero á la derecha del escudo de la fachada: extendíase el parque en la oscuridad más negra, cortada ésta bruscamente por el chorro de luz que brotaba de la abierta puerta del palacio. A lo lejos, alumbraban dos farolillos la entrada de la verja. La tibia brisa traía acres perfumes del mar, que resonaba á la espalda con cadenciosa monotonía, y el cielo tachonado
EL SALÓN AZUL 129
de estrellas recordábame, por su sombría magnificencia, los mantos de terciopelo negro de las Dolorosas de Sevilla. Apoyado en el balcón permanecí largo rato disfrutando de aquella noche deliciosa: pensaba yo con zozobra en el asunto que motivaba mi viaje, relacionado de lejos con cierto famoso crimen cometido por aquel tiempo, que tuvo en todo el mundo aterradora resonancia. Temores, dudas, esperanzas, ansiedades, los sentimientos todos que despierta en el ánimo cristiano la contemplación de los caminos inesperados y extraños por donde hunde ó levanta Dios á las naciones y á los hombres, me embargaban por completo.
Sonó á lo lejos un coche, y aparecieron al cabo sus dos farolillos por una calle que llaman del Vizconde. Detúvose á poco ante la puerta del palacio y apeáronse los dos hermanos, correctísimos, en traje de baile, trayendo prendidos aún en los smokins las abigarradas cintas con cascabeles del cotillón de la Embajada alemana. Entristecióme el corazón más todavía el contraste que formaban con mis negros pensamientos aquellas dos simpáticas figuras, alegre personificación de la juventud, que tan cariñosa compasión infunde, al verla pasar entre los precipicios y horrores que yo soñaba, serena y risueña, con una venda en los ojos, de seda color de rosa.