Nuevas lecturas · Unidad 45 de 74

Unidad 45 · 130 NUEVAS LECTURAS

Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.

130 NUEVAS LECTURAS

Había mucho que decir y que contar después de varios meses de ausencia pasada y otros tantos de futuro alejamiento, y entramos los tres en mi cuarto y pasamos después al de P**, y nos instalamos al fin en el de su hermano, que era el último de los de aquella hilera. Rindióse aquel primero que ninguno, y quédeme yo solo con este todavía largo rato, hasta que sonó el toque de maitines en el convento de San Francisco, una hora antes de romper el alba. Retíreme yo entonces para descansar cuatro horas, y atravesé de puntillas el cuarto de P**, que dormía ya profundamente. Cerré con gran sigilo la puertecilla de escape, y al volverme para cerrar también la del salón azul, resonó en mitad de este, sobre el encerado pavimento, un golpe seco y fuerte, terrorífico en el silencio, seguido del marcado rumur de algo que rodaba hacia el ángulo izquierdo de las habitaciones de la Reina... Al mismo tiempo, una fuerza invisible, que ni me lastimó ni me hirió, y que pudiera llamarse también impalpable, hízome caer en el suelo con gran violencia... Levánteme instantáneamente como movido por un resorte, y entonces vi en el centro del salón una de esas cosas sin nombre... Era como una columna de luz azulada que llegaba desde el suelo hasta el techo, y se movía y menguaba al compás del

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ruido y le seguía hasta apagarse con él, en el mismo rincón, bajo el retrato de la monja. Los ojos de esta se abrían y cerraban de modo espantable, y su mano descarnada, fuera del cuadro, movíase de arriba abajo, no sé si llamándome á mí ó santiguándose ella... En el otro rincón los ojos del apuesto caballero brillaban como dos brasas rojas...

Sentí que me desvanecía y déjeme caer en la cama que estaba á dos pasos: un sudor frío invadió entonces todo mi cuerpo, y hundíme poco á poco, sin angustia y sin espanto, en una especie de sopor pesado, que pasó luego á letargo profundo, oyendo á lo lejos la campana del convento que tocaba á maitines de San Bartolomé... histórica señal de la matanza de los hugonotes...

Al despertar ó volver en mí, que no sé yo cuál de las dos cosas fuese, vi al lado de mi cama al señor de la casa y al amigo que había de llevarme á Deva, mirándome ambos con ojos entre espantados y risueños... El sol entraba á raudales por el balcón abierto; ardía aún la lámpara de bronce sobre la mesa, y hallábame yo tendido en la cama, tal como me dejé caer después de la visión siniestra. Había llegado mi