Nuevas lecturas · Unidad 46 de 74
Unidad 46 · 132 M h\ \s LECTURAS
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amigo á la cita con puntualidad en él inusitada, y alarmado al ver que yo no daba cuenta de mi persona, habíanse decidido él y el señor de la casa á entrar en mi cuarto.
Balbuceé las primeras excusas que me ocurrieron y apresúreme á disponerme para el viaje. Al pasar por el salón azul lancé en torno una mirada medrosa... Nada había allí entonces lóbrego ni triste: el sol y el aire entraban por todas partes y las cortinas de encaje se henchían con la fresca brisa de la mañana como las velas de un barco. El Patriarca Jacob dormía como si tal cosa: los angelitos subían y bajaban sin cara alguna de susto, y el Padre Eterno, con su dedo empinado, no se daba por entendido de apariciones ni de espectros. Miré el retrato de la monja: allí estaba la taimada con su pluma en la mano y sus penetrantes ojillos inmóviles, tan quieta y tan serena como si no hubiese roto un plato en todos los días de su vida. En el bruñido pavimento de roble no había rastro de golpe alguno; ni se veían tampoco en el rincón los del cuerpo esférico que parecía rodar, ni los de la luz que allí fué á extinguirse juntamente con el ruido.
íbamos en un breack con cuatro caballos, que como consumado sportman guiaba mi amigo. Mi preocupación era tan grande, que hubo de
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notarla este, y cediendo yo á la necesidad de expansión que traen consigo las fuertes impresiones, comencé á confiarle mi secreto... Mas mi amigo, mirándome primero espantado como si dudase de mi cabal juicio, rompió luego á reir con tal ahinco y tanta prisa, que mohíno yo y avergonzado, díjele con algún desabrimiento:
— Ten cuidado no vayas á darnos un baño... y déjame rezar en paz mis Horas.
íbamos por la linda y peligrosa carretera que allí bordea el mar y que me recuerda siempre, por lo caprichosa y pintoresca, la corniche italiana entre Savona y Bordighera. Atajé, pues, la risa de mi amigo poniéndome á rezar las Horas de San Bartolomé, cuyos maitines había celebrado ya con tan desagradable sorpresa, y el viaje continuó sin ningún incidente. Llegué á Bilbao al oscurecer, y las noticias que allí tuve obligábanme á salir para Barcelona al día siguiente en el tren correo, para alcanzar el expreso en Miranda. Hospédeme en la Universidad de Deusto, y había allí un Hermano coadjutor, ya viejo, vascongado puro, que era natural del pueblecillo que tanto me andaba preocupando: ocurrióseme entonces que él podría quizá darme noticias de los antecedentes del palacio y sus antiguos moradores, y quiso la fortuna que este mismo Hermano viniese á servirme el desayuno