Nuevas lecturas · Unidad 47 de 74

Unidad 47 · 134 NUEVAS LECTURAS

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134 NUEVAS LECTURAS

á la mañana siguiente. Preguntóle, pues, si hacia muchos años que había salido del pueblo.

— Chiquito, chiquito era yo como este — me contestó mostrándome la chocolatera de cobre que tenía en la mano, pequeña en verdad para estatura de hombre, pero muy respetable y cumplida para la suya de chocolatera.

— ;Y vio usted alguna vez el palacio?...

— Miles y miles de veces iba yo con otros chicos á tirar piedras al estanque.

— ¿Y no sucedía allí algo extraordinario?...

Iluminóse su redondo rostro con los reflejos del amor patrio, y contestó con grande énfasis:

— ¿Extraordinario?... Pues todos los años de Dios, la procesión de la Virgen de Agosto... ¡Qué hermoso!... Salía la Señora a pie, con cola larga y tamboriles y gaitas de todas partes, y llevaba en la procesión al Niño Jesús á las monjas de Santa Clara... Luego merendaban alcaldes en el palacio, y á los chicos bollos y bizcochos nos tiraban... ¡Qué hermoso pues!...

Recordé entonces que los señores de aquella casa eran fundadores y patronos del convento de Santa Clara, y solían presidir la procesión que sale de allí el dia de la Asunción de la Virgen, que es el 15 de Agosto. La última poseedora, anterior á mi amigo había muerto años

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antes, de edad avanzadísima, y á esta señora aludía el buen Hermano. Díjele entonces:

— No me refiero á eso... Digo si no ocurrían en el palacio cosas extraordinarias, así como de apariciones ó fantasmas...

— ¿Apariciones?... ¿Fantasmas?... Duendes serían pues...

— ¿Había duendes?...

Juntó él los dedos de la mano derecha en forma de pina, y contestó como si se tratase de ratones ó de chinches:

— En el cuarto oscuro, muchísimos...

— ;En el cuarto oscuro?... Sería el cuarto azul.

Cerró los ojos un momento como si reflexionase, y contestó muy grave:

— ¿Azul?... Lo mismo da: de noche oscuro sería.

— ¿Y qué duendes eran esos?

— Los del judío que murió allí, y en cuerpo y alma llevaron demonios, dejando el rabo cogido en la puerta...

Écheme á reír sin poderlo remediar, y el Hermano, mirándome como quien sabe bien que dice un absurdo, pero está seguro de producir honda mella, díjome entre grave y risueño:

— No se ría Vuestra Reverencia pues... Los demonios llevaron al judío... El señor Marqués, por librarlo, cerró la puerta; pero sin querer