Nuevas lecturas · Unidad 49 de 74
Unidad 49 · 138 MUEVAS LECTURAS
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138 MUEVAS LECTURAS
— ¡El Padre L** pues!... Hermano administrador del palacio: padre administrador, abuelo administrador; todos, todos, hasta Adán, administrador, y en palacio nacieron.
Parecióme esta indicación oportunísima: era el Padre L** persona muy grave y sensata, ya de muchos años, y en su cualidad de miembro de aquella cronología de administradores que el buen Hermano remontaba hasta Adán, podía muy bien tener noticias de cuanto al palacio se refiriese. Por otra parte, hallábase este Padre en Loyola, y seríame muy fácil verle á mi vuelta de Barcelona, si, como presumía, érame forzoso volver á Guipúzcoa.
Así sucedió en efecto: quince días después hallábame yo en Loyola de vuelta de Barcelona, mano á mano con el Padre L**, sometiéndole á un interrogatorio digno del más impertinente de los periodistas. Ocúltele por el pronto mi aventura, escarmentado ya con la risa de mi amigo el sportman, y comencé preguntando sencillamente por los duendes del palacio, y refiriéndole lo que había oído al Hermano en Deusto. Escuchábame el Padre con grave atención, y al oir la pintoresca historia del rabo del judío, y el hurto de alhajas en la iglesia, movió lentamente la cabeza sonriéndose.
— El Hermano E:i:* — me dijo con la sose-
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gada paz que le distingue — confunde dos cosas distintas... No sé si en el siglo pasado, ó en el precedente, hubo en efecto en Z** un robo muy notable en la iglesia: hízolo un extranjero, que pudo muy bien ser judío, pero no sé yo que lo fuese. Diéronle muerte en la horca por sacrilego, y esto hizo grande impresión en el pueblo. Supongo que el pobre reo no tendría rabo, y si lo tuvo, no se lo dejaría en este mundo, pudiendo hacerle falta en el otro... Pero todo esto nada tiene que ver con los duendes del palacio, sino que con el transcurso de los años, y al pasar las cosas de generación en generación y de lengua en lengua, el pueblo confunde y baraja todo lo extraordinario, y concluye por hacer un ciempiés de la más sencilla historia... La leyenda del salón azul, tal como ha venido siempre de padres á hijos en la familia, es la siguiente... Hace más de tres siglos, no sé de fijo cuándo, llegó al palacio, no sé tampoco por qué ni para qué, un caballero, herege hugonote...
Azóreme yo un poco al oir la palabra hugonote, porque en el aniversario de la célebre matanza de estos habíame sucedido á mí la maravillosa aventura. El Padre, sin notar mi turbación, prosiguió:
— Persona de cuenta debía ser cuando le alojaron en el cuarto azul, que es de los mejores