Nuevas lecturas · Unidad 50 de 74

Unidad 50 · I40 NUEVAS LECTURAS

Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.

I40 NUEVAS LECTURAS

del palacio... Enfermó allí el caballero del mal de la muerte, y cuantos esfuerzos hicieron para reducirle á la verdadera fe los señores de la casa, el Rector de la villa y cuantos eclesiásticos notables había por los contornos, fueron inútiles... El desgraciado hereje murió en sus errores, desesperado y maldiciendo, y según la leyenda, los demonios se lo llevaron en cuerpo y alma al infierno, pues nadie vio el cadáver en el pueblo, ni supo jamás persona alguna dónde habían ido á parar sus huesos. Desde entonces resuenan por la noche en el cuarto azul temerosos ruidos, y es creencia general en todo el pueblo que provienen del alma condenada del hugonote, que lamenta en el sitio en que murió su triste suerte... Por eso he conocido yo siempre ese cuarto cerrado y sirviendo solo de guardamuebles, á pesar de su situación ventajosa y de ser tan cómodo y magnífico. Creo que no se habilitó de nuevo hasta el año de 1866, cuando vino la Reina D.a Isabel con toda la real familia á hospedarse por primera vez en el palacio, y con ser tan grande este, resultó entonces pequeño... De esto no estoy cierto sin embargo, porque en ese tiempo andaba yo muy lejos de Z**, y de España y de Europa: fué cuando me mandaron á las misiones salvajes de Filipinas...

EL SALÓN AZUL 141

Pregúntele qué clase de ruidos se oían en el cuarto azul, y me contestó muy seguramente:

— Dicen que viene á ser como si cayese desde el techo sobre el entarimado una bola de billar y rodase luego hasta un ángulo del aposento, donde es tradición que estuvo la cama en que expiró el hugonote, y de donde sacaron los demonios su cuerpo para llevárselo al infierno...

Sobresálteme interiormente con cierto pavor retrospectivo, porque no podía darse descripción más exacta del ruido que había escuchado yo mismo. Pregunté, sin embargo, sonriéndome, por miedo del que el Padre se riese del todo:

— ¿Y oyó V. alguna vez esos ruidos?...

— Yo no he oído nunca nada ni visto tampoco ninguna cosa — me respondió él muy gravemente.— Pero recuerdo un hecho que tuvo sin duda mucho que ver con esto y que presencié yo mismo... Cuando yo era niño, allá por el año treinta y tantos, vivían mis padres en las habitaciones del administrador, que estaban entonces en el piso bajo del palacio, entrando en el zaguán á mano derecha. En el invierno, sin embargo, cuando los señores estaban en Madrid, nos subíamos á las habitaciones que están en el principal, en la parte nueva de la izquierda. (Comprendí que eran estas las que ocupaban los dos hermanos P** y X**.) Hay entre estas