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Unidad 5 · DOS JUANES 25
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DOS JUANES 25
muchos años y la conserve en su santa gracia, para que la veamos al fin y á la postre.
Santaza de cuerpo entero, Y no como otras santitas Que no se ven el suelo.
De Madrid, á 23 de Enero de 1897. — Suyo afectísimo servidor y humilde Capellán,
Luis Coloma, S. J.
CARTA SEGUNDA
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A UN GRAN SEÑOR TITULADO
Excelentísimo Señor:
|u carta recibí, y en Dios y en mi ánima le aseguro que no necesito ni más pruebas, ni nuevos datos, ni más claras explicaciones para sentenciar en conciencia, como V. E. desea, su tan debatida cuestión con el Alcalde de Alcobendas.
Para mí es claro como el agua que V. E. no tiene razón; y puesto que V. E. no la tiene, lógico es que le sobre al alcalde desde la punta de las abarcas hasta el pico de la montera.
Y si me pregunta V. E. en qué razones me fundo para sentenciar tan de golpe y porrazo,
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ó me recusa como juez atropellado y ligero, por aquello de que
No es buen juzgador quien juzga Sin notar todo el proceso,
direle que yo encuentro mis razones y compendio todos los autos en esta sola frase que me pone V. E. en su carta: «El licenciado Astudillo, mi contador Juan Benítez y el beneficiado de Pazpagua, conocen á fondo todo el asunto, y no le dan la razón al alcalde de Alcobendas».
¿Lo quiere V. E. más claro, señor excelentísimo?... Pues si más claro lo quiere, vaya allá una anecdotilla que tiene miga suficiente para abrir los ojos á la evidencia, y hacerle caer en la cuenta.
Era esto en los tiempos de Luis XIV y Madamoiselle de la Valliére; cuando en las famosas cacerías de Fontainebleau hacían los elegantes talons rouges de la época, aquellas sus primeras locuras, que tan caras habían de pagar sus nietos en la emigración y el cadalso. Fatal engranaje de las responsabilidades humanas, señor excelentísimo.
Mi abuela comió la fruta, Y yo tengo la dentera.
Una noche, en el juego del Rey, hizo este
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una jugada muy dudosa, que sostuvo, sin embargo, con todo el tesón de su amor propio. Nadie osó contradecirle, y mientras más callaban los otros, más se esforzaba Luis por demostrar la legalidad de su jugada. Entró en esto el viejo Mariscal de Grammont, famoso por sus genialidades, y llamóle el Rey como arbitro.
— Venid, señor Mariscal, y decidid vos si he ganado ó perdido.
El Mariscal, sin aguardar más razones, ni mirar el juego siquiera, respondió prontamente:
— Señor; V. M. ha perdido.
— ¿Pero en qué podéis conocerlo, señor Mariscal, si ni aun habéis examinado el juego? — replicó el Rey contrariado.
— En el silencio de estos señores — dijo Grammont mostrando á los cortesanos. Si V. M. hubiese tenido el más ligero asomo de razón, todos se hubieran apresurado á dársela... ¿Callan?... Luego V. M. no tiene ni sombra de ella, y ha perdido por lo tanto.
Crea, pues, V. E. que el Mariscal de Grammont conocía bien á los cortesanos, y considere ahora, para aplicar mejor el cuento, que V. E., es tan rey en Alcobendas, como lo era Luis XIV en Versalles; que el licenciado Astudillo vive y medra á la sombra de V. E.; que el contador Juan Benítez come de su pan y vive de su ha-