Nuevas lecturas · Unidad 56 de 74

Unidad 56 · 152 NUEVAS LECTURAS

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152 NUEVAS LECTURAS

murar blasfemias contra el Papa y su Iglesia, la Santísima Virgen María y la hostia consagrada.

No tardó en cundir todo esto por el pueblo con grande rabia y espanto de hombres y mujeres, y exaltada la fantasía popular por el odio á los herejes, propio de la época, y la catástrofe reciente de los 17 marineros muertos en el mar días antes, creyóse como artículo de fe que era aquello un castigo de Dios por albergarse en el pueblo aquel hereje, y corrieron todos en tropel al palacio dispuestos á sacarle del lecho y arrojarle al mar, como conjuro contra nuevas borrascas y desagravio á las almas de los náufragos. Vióse precisado el mismo D. Pedro de Zarauz á sosegar el tumulto, y retiróse el pueblo sañudo y murmurando y prometiéndose hacer con el cadáver del hugonote, luego que le enterrasen, y puesto que no había de ser en lugar sagrado, lo que no le habían permitido hacer con el mísero hereje, vivo aún y expirante. Largas horas duró aún la agonía del desgraciado, y á la mañana siguiente, al romper el alba, expiró al fin sin haber pronunciado otras palabras que maldiciones y blasfemias.

Ocultaron todo el día la muerte á la irritada plebe, para evitar sus desmanes, y á la media noche sacaron con gran sigilo el cadáver y oliéronle sepultura, dicen unos que al pie de los

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balcones del palacio, en lo que hoy es parque; otros que en la playa; otros que le llevaron á alta mar y le arrojaron al fondo; y algunos, quizá los que están más en lo cierto, que fué enterrado en el mismo cuarto azul, abriendo en el grueso espesor del muro un nicho que cuidadosamente tapiaron.

Alguien corrió entonces la voz, para explicar la desaparición del cuerpo, de que los demonios le habían arrebatado; y el crédulo pueblo, sencillo niño grande, apresuróse á creerlo y afirmarlo, y de generación en generación así ha llegado hasta nosotros.

Respiré al fin un momento, y pronto volvió á faltarme el resuello. Tenía ya desenterrada y limpia la leyenda y el hecho histórico comprobado. Faltábame tan solo comprobar otra vez la espantable visión del cuarto azul, y esta atrevida idea me aterraba y seducía al mismo tiempo é infundíame también cierto escrúpulo, por parecerme algún tanto soberbia. Mil veces, pues, la acogí y la deseché, la acepté de nuevo y la torné á rechazar, como el gato que coge de sobre las parrillas una sardina caliente, la toma y la deja, la muerde y la suelta, hasta que decide