Nuevas lecturas · Unidad 58 de 74
Unidad 58 · 156 NUEVAS LECTURAS
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156 NUEVAS LECTURAS
encontrélo en efecto, escondida su entrada tras una cliaise-longue que había frente á la chimenea y paralela á la cama: podría tener un metro de ancho y tres escasos de largo, y venía á salir por una disimulada puertecilla á la meseta de la escalera.
Pasóse el día rápidamente en la agradable compañía de aquellos señores, y á medida que la noche avanzaba, avanzaba también en mi ánimo cierta inquieta zozobra con algo de remordimiento, por parecerme á veces lo que iba á hacer una presunción temeraria. Retíreme á mi hora de costumbre, y encerrado en el oratorio terminé mis rezos del día y cumplí todas mis obligaciones espirituales de la noche.
Pasé después á mi cuarto y dispuse desde luego la decoración tal como lo había estado en el primer acto del drama. Abrí de par en par la puerta del cuarto azul, que estaba del todo á oscuras, y abrí también las del balcón de mi cuarto y la de escape que iba al de P**. Luego, por alarde de valor ó como reto al enemigo invisible, separé valientemente la chaise-longae que tapaba el pasadizo secreto y abrí del todo su puerta. Hecho esto, sentéme con cierta tranquilidad no del todo falsa, y púseme á leer un tomo de las Vidas de hombres ilustres de Plutarco, que á prevención tomé de la biblioteca.
EL SALÓN AZUL ¡57
Quería yo aislarme por completo de mi época y de la del hugonote, refugiándome y abismándome en otra más lejana para que no tomase parte mi imaginación en nada de lo que suceder pudiese. Comenzaban ya á interesarme los chismes y enredos que el buen Plutarco nos cuenta de aquellas remotas edades, cuando en un gran reloj de bronce que había sobre la chimenea sonaron precipitadas y argentinas las doce campanadas de la media noche. Confieso que en este instante clásico de los aparecidos y fantasmas pasó por mí como una ráfaga de miedo, semejante al ligero escalofrío que á veces se siente en un bien templado baño. Miré, sin embargo, frente á frente la oscura entrada del salón azul, y con la vista clavada en él permanecí firme y sin resollar siquiera hasta que momentos después resonaron de nuevo en la parroquia, lentas y sonoras, las doce solemnes campanadas...
Nadie chistó por ninguna parte; mas desde aquel instante comencé á sentir un extraño fenómeno que me desasosegaba y me ponía nervioso. Nunca he podido oir el tic-tac de un reloj en el silencio de la noche, sin asociar á este ruido una musiquilla cualquiera, un estribillo casi siempre vulgarísimo, que se me pega al oído y me distrae la atención y me taladra los sesos